lunes, 8 de julio de 2013

“No todos los martes son primavera”

Víctor Ruiz.


No todos los martes son primavera. Se levantó como pudo y fue directo al baño. Sosteniéndose en el lavabo, se miró en el espejo y no, no se reconoció. ¿De dónde le había surgió esa desalineada barba? Preguntó a su rostro con pánico. Estuvo así unos minutos, pretendiendo que su imagen cambiara radicalmente, pero nada, barba fija y firme.

Caminó de nuevo a su cama. La cosa era grave. Tenía en la silla que se encontraba a un costado ropa para el día, pero no lograba identificarla. “Yo nunca he usado eso”, dijo para sí mismo. Analizó cada prenda con disgusto y al revisar toda la habitación, se dio cuenta que no tenía más opción que usarla.

Antes de tomar valor para salir de su habitación, pensó en lo que habría más allá de la puerta. Tenía miedo. ¿Estaré secuestrado? La pregunta le saltó por la mente, pero casi al instante desechó la idea. “Si fuera así, debería estar amordazado”, se contestó después de un breve razonamiento.

Con pasos lentos y calculados, fue avanzando hacia la puerta. Giró la perilla tratando de hacer el mínimo ruido, mientras al mismo tiempo cerraba los ojos con fuerza. Pasaron cinco segundos, diez, quince…no se animaba a ver la luz. Las manos sudorosas y la respiración agitada lo llenaron todavía más de pavor.

Repentinamente, como por medio de un impulso, los párpados abrieron veloz y gigantescamente. Al frente: escaleras y soledad. Ni un solo suspiro. Todo era silencio. Por supuesto nunca había estado en ese lugar. Desde el segundo piso, la casa lucía limpia y con una decoración que bien podía inspirar paz; pero en su caso, la incertidumbre atiborraba cada rincón de ese extraño hogar.

Por un momento pensó en regresar a la habitación, pero sus instintos le hablaron del acto heroico que había sido llegar hasta ahí; además, una sensación de explorar se le despertó en el cuerpo. Iba a bajar las escaleras sin importar consecuencia alguna.

Quiso hacerlo rápido pero al primer escalón sus piernas se desvanecieron como agua. Inmediatamente se revisó cada parte tratando de encontrar alguna herida. Nada. ¿Acaso solamente era un anciano sin fuerza?

Tuvo que bajar lentamente, sostenido del pasamano. Quién sabe cuánto tiempo pasó antes de que pisara el último escalón. La noción del tiempo no era su fuerte en ese momento. Miró hacia arriba y por un momento el orgullo provocado por su hazaña le invadió el cuerpo; el miedo había desaparecido sin que se lo propusiera.

No tuvo tiempo de pensar en qué parte debería comenzar a indagar. El hambre voraz lo llevó a buscar la cocina, misma que para su fortuna, se encontraba casi encimada a las escaleras. “¡Hola!”, gritó más por protocolo que por las ganas de saludar. Nadie contestó al llamado.

Devoró cuanta comida encontró al frente: pan, huevos, carne, jugo, leche… “Es como si lo hubieran preparado especialmente para mí”, pensó sin darle mucha importancia o precaución al asunto. “¿Cuántos días estuve sin comer?”, intentó responderse después de ver la última ración en su plato.

La comida lo hizo sentirse más seguro. Ahora se desplazaba con mayor habilidad y por alguna extraña razón comenzó a imaginar que esa casa, tarde o temprano, iba a ser suya. “Me gusta para vivir, sí, me agrada”, vociferaba al aire mientras miraba detalladamente a su alrededor. Sin embargo, la situación era atípica y no podía desplazar la idea de que era un invasor, un entrometido.

Sabía que antes de sacar conclusiones, era necesario inspeccionar clínicamente el lugar. Bajo esa premisa, recorrió cuanto pasillo y cuarto se le presentaba. La casa era grande y eso le era un indicador de que ahí vivía mucha gente. “No me incomodaría vivir con alguien más”, se atrevió a pensarlo como una idea atractiva.

El único espacio que faltaba por revisar, y que intencionalmente lo dejó para el final, era la sala. Con tranquilidad se dirigió hacia ella para dar por terminada su exploración. Tres sillones aparentemente cómodos y una televisión de tamaño mediano, fue lo que miró en el primer instante. Le pareció un sitio que se podía convertir en su favorito de la casa.

Pretendía regresar a la habitación, para ello, dio un último vistazo al lugar. Lo que vio en la pared le provocó una sorpresa espantosa. Su boca se abrió de forma natural y los labios temblorosos no le permitieron decir palabra alguna. Era un cuadro que tenía una foto de él. Se vio a sí mismo en la imagen, con la diferencia de que en ésta, sonreía y presumía una barba decente.

Quiso tranquilizarse, pero antes de lograrlo, la puerta de la entrada se abrió. Apareció dentro de la casa un hombre, quizás 30 años menor que él. “¡Papá!”, le dijo al mirarlo y darse cuenta de que su rostro era total confusión. “¿Papá?”, preguntó él. “Sí, soy tu hijo”, contestó con tristeza el joven.

El hijo lo abrazó fuertemente, sin dejar oportunidad a una reacción. “Es tu enfermedad, papá… tienes alzheimer”. Al escuchar esto, su cuerpo comenzó a temblar incontrolablemente. Estaba atónito y no sabía qué decir. Su hijo prefirió acariciarle cariñosamente el rostro antes de intentar explicar, después  se acercó a su oído y con ternura le dijo: “Tranquilo, papá…no todos los martes son primavera”.

lunes, 24 de junio de 2013

“José Luis”

Víctor Ruiz.



Me llamo José Luis y desde que tengo memoria he vivido en la calle. De pequeño  recuerdo haber pasado los días en caminos empedrados, lodosos y a veces lluviosos. Nunca nadie me quiso tocar, es más, creo que en todo este tiempo jamás alguien me ha mirado más de cinco segundos.

Mi madre murió al poco tiempo de haberme parido. Lo último que recuerdo de ella era su semblante triste y cansado, como si la muerte fuera lo mejor que le podía pasar. Supongo que muchos en mi lugar la odiarían por entregarme a una vida cruel, pero al final pienso que ella tenía la esperanza de que yo encontrara un futuro más prometedor.

Con el tiempo y los años, fui aprendiendo la vida dura…eso que llaman calle. Encontré a otros como yo, y aunque en un principio todo era pelea, hemos terminado recorriendo juntos gran parte de la ciudad. Calles, terrenos y grandes avenidas nos han hecho amigos. Ya sea por necesidad o sobrevivencia, la camaradería se ha convertido en una cosa inquebrantable. Por momentos tratamos de divertirnos y estar felices, pero no siempre lo conseguimos, casi nunca. Tenemos restringido el derecho a la alegría.

Antes de pensar que la situación podría mejorar, ya sea porque merecemos o simplemente por azar de la diosa fortuna, la muerte de otros, como yo, nos ha ido devolviendo la conciencia de nuestra realidad: vivir o morir; llegar al día siguiente o quedar en el camino.

No quiero decir que entiendo mi situación. No la comprendo, pero me he resignado a ella por obligación. He visto a otros tantos como nosotros, al menos físicamente; los he visto deambular, me han mirado a los ojos y nos hemos reconocido mutuamente. Podría jurar que básicamente somos iguales, pero cuando llegan ellos, los que se encargan de mirar y tratarlos diferente, todo se vuelve incomprensible para mí. Sé que mi vida no tiene cabida en las suyas, sé también que desde que llegué a este mundo estaba condenado al rechazo. Les juro que soy consciente, pero, ¿por qué es así?

El desprecio me ha hecho pensar que soy el sujeto más desagradable de la tierra. He buscado diferentes estrategias para no molestar a nadie, pero absolutamente nada funciona. Trato de caminar despacio, sin ruido, que no se note mi presencia; pero si alguien siente mi sombra me echa a patadas e insultos. “Debí hacer algo que lo hizo enfadar”, es lo que pienso cuando huyo a toda velocidad. Siempre soy el culpable.

Correr. Siempre correr. No sólo se trata de escapar de las patadas e insultos. A diario, hombres nos persiguen con rostro de furia. Nos odian. Día  a día, tenemos que ser creativos para escondernos y evitar que nos encuentren. Hemos sido testigos de los colegas que fueron capturados. Observamos la manera en que los golpearon y se los llevaron para no volver jamás.

Cualquier clima es difícil: si llueve, estornudamos todo el tiempo; si llega el verano, las gotas de agua escasean para nosotros. Tampoco voy a mentir, nuestro cuerpo se ha vuelto más resistente y a cada temporada siempre la terminamos por vencer. El hambre también es un obstáculo complicado en la vida diaria. Comemos las migajas que esporádicamente aparecen en las calles, y si no hay nada, simplemente borramos de nuestra mente la idea de que algo llegará a nuestros intestinos.

A esta altura de mi vida, he comprendido que nada me pertenece, ni mi propia vida. Todos y en todas partes han decidido por mí. Se han deshecho de mi presencia en el momento que así lo han querido, me humillan cuantas veces les apetece, se ríen de mí y hasta me llegan a arrojar piedras porque les parece divertido.

Esta es la triste vida de perro, al menos la mía. Me llamo José Luis y lo sé porque hasta el día de hoy, alguien se atrevió a mirarme y nombrarme de alguna manera. Creo que soy afortunado. Ahora,  antes de morir, podré presumirle al mundo que sé quién fui: José Luis.

lunes, 10 de junio de 2013

“Lucy”

Víctor Ruiz.




I
Cuando despertó, no pudo ver a los suyos por ningún lado. Su tribu desapareció sin explicación, como si una tormenta se los hubiera llevado sin dejar rastro. Lucy no entendía nada. Solamente sintió un dolor extraño en el pecho que le hizo derramar agua por los ojos. Ese día, Lucy lloró por primera vez.

Tenía 20 años, medía 1 m. aproximadamente  y estaba embarazada. Por instinto, más que por razonamiento, Lucy buscó por varias horas en los alrededores a sus compañeros. No encontró una sola pista, tampoco huellas en la tierra seca; Lucy se rindió bajo el pesado sol que llegaba directamente a su rostro.

Tuvieron que pasar más horas,-o días-, para que Lucy lograra entender que de verdad estaba sola. En el interior de su cuerpo, tenía a un ser que todavía se negaba a conocer la vida exterior; por lo demás, era Lucy y el mundo, y nada más.

El hambre y la sed obligaron a Lucy a ponerse de pie. La necesidad del alimento y agua le hicieron caminar encorvada por un tiempo incalculable. Caminó kilómetros, algunas veces con el sol en la espalda, otras con la lluvia de frente y en ocasiones con la neblina por todas partes.

Había estado así por un tiempo, llegando al último grado de la sobrevivencia: resistiendo todo los cambios climáticos posibles, escapando de animales salvajes y durmiendo en ásperas tierras. Cuando su cuerpo parecía que no reaccionaría más y se derrumbaría en cualquier parte a esperar la muerte, sus anchas orejas alcanzaron a detectar un sonido. Era un ruido incesante, como si se tratara de algo que corría y que no daba indicios de que fuera a parar. Lucy se apresuró desesperadamente tras el eco, y llegando al precipicio de una montaña, pudo ver a lo lejos que se trataba de un río. Observó entusiasmada como el agua se deslizaba a toda velocidad y respiró con tal profundidad que parecía que era la última exhalación de aire en la tierra.

Bajó y bebió el agua enérgicamente. Lo hizo durante un largo lapso hasta que consiguió saciar cada parte de su cuerpo. Lucy experimentó una sensación de satisfacción. Se sentía tranquila, y sin darse cuenta, había vencido a la vida; se enfrentó a ella y a su naturaleza logrando salir victoriosa.

II
Eran medio metro más altos que ella, tenían la columna un poco más recta y sus manos se movían con mayor habilidad. Lucy los miró perpleja, casi con miedo. Ellos, la habían rodeado en la orilla del río, la observaban con atención y a la vez con sorpresa, se podría decir que la miraban como si fuera una cosa extravagante.

Así se mantuvieron unos instantes mientras amagaban con atacarla. Lucy, que se sentía totalmente indefensa, se resignaba a bajar la cabeza en señal de sumisión. La tribu reconoció en Lucy, a un ser que era incapaz de agredirlos, no sólo por las limitaciones físicas, sino por el temor que provocaban en ella.

Con el tiempo, le permitieron acompañar a la tribu, mas nunca integrarse. Podía comer, beber y dormir junto a ellos, pero jamás la dejaban participar en alguna de sus actividades. Siempre era vista como la especie extraña e inferior. Si Lucy intentaba ayudar al resto de hembras, era desplazada; si pretendía cargar objetos, ni siquiera le permitían intentar.

El rechazo constante fue causando efecto en Lucy. Cada día lo dedicó a pasarlo a la orilla del río, que a pesar de que tenía prohibido introducirse en él, era su lugar favorito de la región. Cuando se llegaba la noche, solía subir a la montaña a observar el cielo hasta que el sueño la vencía.


III
Los machos habían partido en busca del alimento del día y no regresarían hasta el atardecer. Las hembras, que siempre eran las primeras en despestar, estaban al cuidado de los más pequeños y en ellos concentraban toda su atención. Lucy, como de costumbre, se encontraba en la orilla del río escuchando al agua correr. Era el único lugar donde podía experimentar tranquilidad y paz, además de que era un sitio donde el resto de la tribu no acostumbraba a visitar.

En aquel momento, justo cuando la corriente tomaba más fuerza, Lucy observó como uno de los integrantes más chicos de la tribu se acercaba lentamente al río. A lo lejos, intentó prevenirlo con alaridos  y movimientos para que se detuviera. El pequeño la ignoró y sin poder evitarlo cayó a las profundidades de las aguas.

Lucy desesperadamente corrió por todas partes. Se acercó a donde se encontraban el resto de las hembras e intentó llamar su atención, pero éstas hicieron como si ni siquiera existiera y continuaron con sus labores. Después del fracaso, Lucy regresó al río y se percató que el pequeño se ahogaba lentamente. Con el impulso que le provocó la situación, Lucy se introdujo en el río y lucho a contra corriente para tratar de alcanzarlo. Cuando logró llegar a él, lo tomó con sus cortos brazos, y sin saber de dónde le surgió la fuerza, consiguió arrojarlo a la superficie.

Lucy intentó regresar a la orilla del río, pero el cuerpo no le respondió más. Trató de avanzar una y otra vez, insistió, se aferró a la vida. La corriente se la llevó poco a poco, hasta que se perdió de vista. La tribu nunca se enteró del accidente y de ella no volvieron saber nunca más. Ese día, fue el último que Lucy pudo sentir las brisas de agua en su rostro.


IV
El 24 de Noviembre de 1974, el estadounidense Donald Johanson, encontró a las orillas de Etiopía un esqueleto conformado por 52 huesos. Se trataba de una hembra que tenía cerca de 3 millones de años de antigüedad. El grupo de investigadores que acompañaban a Johanson, decidió que tenían que llamar al fósil de alguna manera. La nombraron: “Lucy”.

martes, 4 de junio de 2013

“Mujer”

Víctor Ruiz.



Libre te quiero,
como arroyo que brinca
de peña en peña.
Pero no mía.

Grande te quiero,
como monte preñado
de primavera.
Pero no mía.

Pero no mía
ni de Dios ni de nadie
ni tuya siquiera.
("Libre te quiero", Agustín García Calvo)

Mírenme aquí: derrotada. Tirada en la superficie junto a mi orgullo. Al frente mis hijos están llorando. Me observan postrada en el suelo. No tengo cara para demostrarles lo que es la libertad, la dignidad y todos esos valores de los que siempre les hablo. Cuando tengan más conciencia, me preguntarán por qué mis palabras no tienen congruencia con mis acciones. Tendrán toda la razón, si hoy, no decido salir de este limbo.

Si me miro en el espejo no me reconozco. ¿Dónde está la piel delicada que tanto presumía? Ahora llevo golpes por todos lados; y sin embargo, el dolor interno resulta todavía más humillante.

Mírenme: sin esperanza. No sé a dónde carajo se fue el amor que nos prometimos años atrás. ¿Me amas?, siempre me pregunta a la mañana siguiente. “Te amo”, le he contestado como autómata por tanto tiempo. Y después, el silencio estremecedor. La tensión otra vez.

Obsérvenme ahora: sin sueños. ¿Dónde mierda se escondieron? Yo que prometía que los realizaría uno a uno sin que hubiera alguien o algo que me lo impidiera. Tengo que ser honesta y aceptar que los he ido perdiendo cada día en este infierno que es mi vida.

No tienen una idea de las veces que juré que a mí esto nunca me pasaría. “Las golpean por dejadas”, “hay que ser muy tonta para permitirlo”, “a mí me toca y no se la acaba”… siempre vociferando sin darme cuenta siquiera, que desde ese entonces, yo ya era víctima de este maldito sistema sexista.

He tenido que ver el suelo de cerca para entenderlo. Tuve que recibir el primer golpe para saber que nunca había sido libre. Aprendí a reconocer a las mujeres oprimidas, las he visto a los ojos y he sentido cómo llora su alma. No, no es necesario que exista un golpe de por medio. Vivimos oprimidas cuando nos cohíben el pensamiento, cuando pretenden decidir por nuestro cuerpo. Nos esclavizan en cada momento que nos aseguran que pertenecemos a alguien más.

Dicen que somos madres, hermanas, amas de casa, doctoras, novias, esposas…pero nadie menciona que antes que nada somos mujeres. Y siendo mujeres, tenemos el derecho de decidir qué queremos ser después.

Sé que habrá muchas como yo. Sé también que ocultarán la verdad de sus vidas ante la gente que las rodea; la pena es más accesible que gritar el dolor. Inclusive, podría asegurar que muchas de ellas se sentirán culpables de su situación.

Hemos perdido la cuenta de los años que nos han tratado con inferioridad. Escoltados en su fuerza física se han ido encargando de callar nuestras voces y sentimientos. Nada valemos si no abrimos las piernas dócilmente para ellos. Si queremos, dicen que no podemos; si deseamos, argumentan que no merecemos.

No había tenido el valor de terminar con esta historia. Me he comportado como una cobarde. Puerilmente imaginé que todo esto pasaría y que las cosas eventualmente mejorarían. Podrán señalarme y juzgarme cuantas veces quieran, pero a ustedes misóginos, algún día los condenará la justicia. 

Quiero que me miren a partir de este momento: estoy cansada. Ni un golpe más. No existirá un solo grito. Se acabó. Hoy me libero de estas malditas cadenas. Para cualquier mujer, en cualquier parte del mundo: tengan la certeza de que a partir de este segundo… libre me quiero.

martes, 28 de mayo de 2013

“¡Salud, camarada!”

Víctor Ruiz.


Debió de ser un día por la tarde cuando lo conocí, justo cuando el sol amenazaba con ocultarse. Él estaba ahí, pensativo y desolado, fuera de sí mismo. Cuando lo miré, me lanzó una ligera sonrisa, una que no me hablaba de confianza pero que  presagiaba la camaradería que estábamos a punto de procrear.

“Yo creía que para estos tiempos, la libertad ya iba ser toda una realidad”, me dijo a lo lejos tratando de iniciar una conversación. “Corren tiempos difíciles”, me limité a responder. Me miró con curiosidad y después de un largo silencio, me pidió que le explicara a qué me refería.

Le hablé de los problemas generales que tiene el país: recorrí uno por uno los conflictos sociales que nos abundan en la cotidianidad y prometí darle en un futuro estadísticas que le reflejaran lo que hablaba en ese momento. Me observó con sorpresa, como si no terminara de entender lo que decía. “Es la patria en la que nos toco vivir” exclamé.

-¿La patria?- me preguntó con una dosis de rabia.

-Sí, ¡La jodida patria!- respondí.

Me retiró la mirada a la vez que daba un largo suspiro. Sus ojos parecían centrarse en alguna parte del horizonte. Para ese instante, mi mente ya comenzaba a intentar descubrir cuál era la razón que lo había hecho molestar, como era evidente. Antes de que llegase a una conclusión, me volvió a dirigir la palabra.

-Y bien, ¿qué patria tiene el pobre? El que no cuenta más que con sus brazos para ganarse el sustento, sustento del que carece si al amo maldito no se le antoja explotarlo, ¿qué patria tiene? Porque la patria debe ser algo así como una buena madre que ampara por igual a todos sus hijos. ¿Qué amparo tienen los pobres en sus respectivas patrias? ¡Ninguno! El pobre es un esclavo en todos los países, es desgraciado en todas las patrias, es un mártir bajo todos los gobiernos. Las patrias no dan pan al hambriento, no consuelan al triste, no enjugan el sudor de la frente del trabajador rendido de fatiga, no se interponen entre el débil y el fuerte para que éste no abuse del primero; pero cuando los intereses del rico están en peligro, entonces se llama al pobre para que exponga su vida por la patria, por la patria de los ricos, por una patria que no es nuestra, sino de nuestros verdugos.

En todo momento asentí a lo que escuchaba. Aprobé cada una de sus palabras por la sencilla razón de que compartía su mirar.

-Es triste que en nombre de la patria se generen guerras, pero lo es más aún, que por la patria tengamos que enrolarnos para votar a un político- añadí tratando de complementar su idea.

-¿El pueblo sigue sin comprender lo dañino del poder?

-Inclusive han pretendido revueltas políticas. El país se divide en izquierda y derecha electoral. Pocos son los que entienden que la más grande y verdadera utopía es eso que nombran democracia.

-Ya no tienen razón de ser las revoluciones netamente políticas. Matarse por encumbrar a un hombre al poder es sencillamente estúpido. Una revolución que no garantice al pueblo el derecho de vivir, es una revuelta de políticos  a quienes debemos dar la espalda los desheredados. Necesitamos los pobres una revolución social y no política.

Traté de ejemplificarle como el Estado se había hecho más poderoso con el pasar de los años y que al lado más salvaje del capitalismo, le habían surgido brazos demoledores que solían llamarles sistema de mercado, neoliberalismo o globalización.

Cada intervención de mi parte provocaba en él una reacción atónita. Era como si su persona se hubiese perdido en el tiempo y sólo hasta ese momento hubiera tenido la oportunidad de regresar.

Sus dudas me saltaban una tras otra. Ninguna palabra mía le bastaba para comprender la involución de la humanidad. En su cabeza no cabía la idea de que las instituciones pasaran por encima de la sociedad; no entendía qué era eso de la televisión y del porqué de su poder; rechazaba tajantemente la represión policial y militar; y sobre todo, repugnaba el egoísmo que imperaba sobre la solidaridad.

-¿Usted es anarquista?- pregunté para confirmar lo que sospechaba desde un principio.

-Creo que es la única manera de conseguir un mundo de igualdad y libertad. Es la solución para comenzar a caminar hacia la vida.

-Debe de saber que el término de la anarquía está más que condenado en estos tiempos. Cuando hablan de anarquistas en cualquier lado, es hablar de terrorismo y del caos total. Lo sé, me imagino lo que estará pensando…caos el que  nos produce el capitalismo.

-El anarquismo tiende al establecimiento de un orden social basado en la fraternidad y el amor, al contrario de la presente forma de sociedad, fundada en la violencia, el odio y la rivalidad de una clase contra otra y entre los miembros de una misma clase. El anarquismo aspira a establecer la paz para siempre entre todas las razas de la tierra, por medio de la supresión de esta fuente de todo mal: el derecho de la propiedad privada. Si éste no es un ideal hermoso, ¿qué cosa es?

El resto de la tarde la pasamos intercambiando opiniones sobre los ideales anarquistas. Discutimos desde términos como la autogestión, el anarcosindicalismo hasta el amor libre. Al final coincidimos que nuestra misión era seguir manteniendo viva la teoría, labrar el sendero de la libertad para que la generación venidera pudiera gozar de su fruto. Ésa tenía que ser nuestra satisfacción: poseer la esperanza de que en el futuro la humanidad por fin se libraría de las cadenas que lo oprimen.

Mi amigo el anarquista tenía que marcharse. Prometió que nos volveríamos a encontrar en algún lapso de la historia y que la conversación se repetiría.

-Y a todo esto, ¿cuál es su nombre?- cuestioné antes de que se decidiera a partir.

-Me llamo Ricardo Flores Magón…pero llámame camarada.



“No es verdad que la sumisión revele alteza de sentimientos; por el contrario, la sumisión es la forma más grosera del egoísmo: es el miedo.” (Ricardo Flores Magón)

martes, 21 de mayo de 2013

“El hombre que no quiso ser cuerdo”


Víctor Ruiz.



Les escribo desde mi locura. O al menos eso dice la gente, que soy un loco de remate y sin remedio. Bueno, nunca me lo han dicho en mi cara; pero lo noto cuando me esquivan por las calles, lo percibo en sus miradas de desprecio y en la manera en que nunca nadie me dirige la palabra.

Sin embargo, he escuchado lo que se dice de mí. Cuentan que enloquecí el día que la policía me golpeó casi hasta morir en una manifestación, allá por el 71. No sé por qué se les ocurren tantos disparates. Yo, siendo un tipo tan formal con este saco gris, jamás podría haber participado en una revuelta de ésas.

Siempre me pregunto cómo se atreve la gente a rechazarme día a día. ¿Acaso no  mirarán lo formal y bien parecido que soy? Ojos claros, delgado, cabellera rubia y una piel bronceada; soy todo lo que ellos desearían pero nunca podrán ser. ¿Envidia? Sí, seguramente de eso se trata.

No los culpo, entiendo perfectamente su patética vida. Es tan absurda la manera en que viven. Siempre están corriendo, corren por aquí y por allá. Es como si todos fueran una copia exacta del que tienen a un lado. Creo que yo fui elegido para hacer la diferencia: ser la minoría absoluta.

Ha de ser terrible vivir de esa manera. Debería mirarlos con compasión, pero creo que ni eso se merecen. Quizás, yo no pertenezca a este lugar; debo de ser de un sitio lejano, donde la gente se mira a los ojos constantemente.

Créanme que no lo digo por vanidad. Son tantas las cosas que no comprendo de los que me rodean. Si lo piensan, entre ellos también se desprecian, es sólo que lo hacen de una forma más discreta. Se saludan, se preguntan mutuamente por la familia, incluso se abrazan y se desean buena suerte. He aprendido a mirarlos y con ellos a la hipocresía. Sin embargo, conmigo es como si se adjudicarán el derecho de despreciarme abiertamente, sin tapujos y restricciones.

No conformes con pisotearme, se dedican a perseguirme. Todos los días tengo que estar huyendo de la ambulancia que me busca desesperadamente para llevarme al manicomio. Aseguran que soy un tipo peligroso. ¿Peligroso? Yo a ellos los he visto robar y traicionarse; he presenciado la manera en que se insultan los unos a los otros. ¿Quiénes son los que deberían estar encerrados?

Tengo la sospecha de que más que un sujeto peligroso, me consideran una basura. Soy todo lo sórdido que daña la imagen de la ciudad. Les urge limpiar sus calles de gente como yo. Imagínense a todos esos turistas, llegan sonrientes y dispuestos a entregar sus billetes, lo que menos quieren es encontrar a personas que les contaminen sus pupilas.

Supongo que esa forma en que se auto engañan les resulta placentero. Caminan sonriendo para disimular el infierno que están pasando; se observan en los espejos tratando de olvidar que son muertos vivientes. ¿Saben? Es como si miraran alrededor con los ojos cerrados.

Entre todos, hay algunos que son más desquiciados. Presumen de poseer credenciales y uniformes que los hacen superiores. Ésos, no sólo me miran a mí desde arriba, lo hacen con todo mundo. Creo que me provocan cierta lástima, deben tener el alma desgarrada.

Sobra decir que no tengo amigos. Mi familia también decidió que yo era un demente y con el tiempo poco a poco se fueron olvidando de que existía. Yo también los expulsé de mis recuerdos al saber que estaba condenado a morir en soledad.

Ahora, solamente llevo conmigo esta libreta. Escribo todo el tiempo. Me gusta plasmar en letras lo horroroso que es el mundo desde mis ojos. Nunca lo dejo de hacer, en cierta forma me apasiona. ¿Para qué escribo?  Pienso que es la única manera de darme fuerzas, de recordarme que aún debo seguir de pie aunque a nadie le importe.

Si alguien encuentra algún día mis cartas, se dará cuenta de la vida que me tocó llevar. Las leerá una por una y se percatará que en cada una de ellas mi conclusión siempre fue la misma: Todos, absolutamente todos…están locos. 

martes, 14 de mayo de 2013

“Jugar en libertad”


Víctor Ruiz.



-¿Qué es ser libre?- Fue lo primero que escuché, cuando mi hijo de ocho años me asaltó justo en la puerta al llegar de trabajar como todos los días en la fábrica. Lo miré fijamente tratando de averiguar de dónde le había surgido una duda de ese tamaño.

-Ser libre es elegir- le contesté con naturalidad.

-¿Elegir?-  me respondió con más duda que en su primera pregunta.

-Sí, elegir. Yo alguna vez también tuve ocho años y te contaré cómo aprendí  lo que ahora te digo.

Con el entusiasmo que proyectaban sus ojos, se dispuso a escucharme como si se tratara del cuento nocturno que serviría para brotarle el sueño y llevarlo a la cama. Tratando de no perder detalle en mi memoria, comencé:

-Cuando yo tenía tu edad, solía jugar por las tardes con mis amigos del barrio. Éramos un grupo unido y lo que teníamos en común era la amistad que nuestros padres sostenían entre ellos. Ninguno de nosotros poseía grandes lujos, pero nos divertíamos en las calles y lo demás terminaba por no importarnos en lo absoluto.

Como la mayoría de los chicos, pasábamos el tiempo jugando futbol. Nunca podíamos ir a la cancha a ver a nuestro club jugar, ya que el precio de los boletos era costoso y ninguno de nosotros podía pagarlo. Decidimos que si no teníamos la oportunidad de ver en vivo a los futbolistas, entonces inventaríamos nuestro propio equipo y seríamos nuestras propias estrellas.

El barrio era chico, por lo que sus calles no tenían el espacio suficiente para organizar partidos. Sólo existía un lugar donde era posible realizar los juegos: el patio lateral de la fábrica donde trabajan nuestros padres.

La empresa era gigantesca, abarcaba varias calles de la zona y prácticamente todas las personas del barrio trabajaban en ese lugar. Mi padre constantemente se quejaba del dueño de la fábrica, hablaba de la explotación que sufrían todos los trabajadores a manos de él.

Nosotros con el tiempo fuimos descubriendo que lo que se decía del dueño era verdad. Cada tarde que nos reuníamos para jugar, el magnate, como lo empezamos a nombrar, aparecía con su lujoso automóvil  y nos echaba del lugar. Siempre lo hacía de distintas maneras: a base de insultos, nos amenazaba con atropellarnos, mandaba gente a corretearnos o incluso nos llegó a quitar nuestro balón.

Las quejas ante nuestros padres, resultaban inútiles. “Si le reclamo, me corren” me explicaba mi papá, quien trataba de hacerme entender que no podíamos hacer nada aunque la situación fuera de lo más injusta.

No entendíamos a quién le hacíamos daño jugando, tampoco comprendíamos por qué el magnate nos odiaba tanto. Con el tiempo, el rencor hacia él fue aumentando, hasta que un día no soportamos más la situación. Con mucho esfuerzo habíamos comprado un balón entre todos, estábamos ilusionados con hacerlo rodar y antes de que eso sucediera, apareció con sus poderosas llantas,   aplastándolo sin ninguna compasión.

La tristeza y un sinfín de sentimientos que no sabíamos cómo nombrar aparecieron ese día. Sin saberlo en ese momento, nos organizamos para conseguir algo que con el tiempo descubriríamos que se le llama justicia. En cierta forma, también buscábamos recompensar a nuestros padres y a todo aquél que había sido víctima del magnate.

Toda la semana nos dedicamos a recolectar globos, los suficientes para poner en marcha nuestro plan. Cuando consideramos que teníamos una cantidad aceptable, los llenamos de agua y los colocamos en cajas que escondimos por el patio donde jugábamos.

Esa tarde, antes de partir, nos miramos con solidaridad y prometimos que sin importar las consecuencias estaríamos juntos hasta el final. Asistimos al patio de la fábrica y fingimos jugar como de costumbre, hasta que llegó el magnate…

Éste, bajó con rabia y a la vez con alegría porque disfrutaba del corrernos a diario. Pero a nosotros el temor ya no nos invadía, al contrario: respondimos con coraje. Tomamos los globos de las cajas y sin pensarlo, lo bombardeamos por todas partes. Su rostro fue de pánico. Sin saber qué hacer, corrió hasta su auto y huyó a toda velocidad.

Habíamos ganado la batalla, la revolución diríamos años más adelante. Corrimos por todo el barrio anunciando nuestra victoria. La expresión de cada uno de nosotros era de alegría que se combinaba con el viento en el rostro. Ese día aprendimos lo que era la libertad. Fue el día en que elegimos acabar con nuestro opresor…El momento en que elegimos ser libres.