viernes, 30 de noviembre de 2012

“A fuego lento”


Víctor Ruiz.

Cuando Marcelo por fin  logró despertar, lo único que observó a su alrededor fueron botellas vacías. El dolor de cabeza provocado por la resaca le hizo por un momento volver a cerrar los ojos. Con la ropa desalineada y sórdida intentó levantarse pero no tuvo la fuerza ni los ánimos necesarios para conseguirlo.

Así, casi desfallecido y con síntomas que le provocaban malestar, Marcelo trató de recordar que era lo que había sucedido la noche anterior. Una y otra vez forzó a su memoria pero ésta nunca le respondió. Ante el fracaso optó por permanecer inmóvil, con la cabeza cabizbaja y  la respiración lenta. Evidentemente no tenía idea de cuánto tiempo había transcurrido ni mucho menos la hora, el día o el año en que llegó a ese lugar.

El cuarto donde recostaba su pesado cuerpo era chico, de paredes rojas y nada más; no existían registros en el sitio que ayudaran a Marcelo a descubrir dónde carajos estaba. Las botellas de alcohol y la soledad era lo único que tenía a su alcance.

El rostro de Marcelo era el propio de un alcohólico que ha decidido dejar de preocuparse por su apariencia: barba exuberante, patillas largas, ojeras firmes, parpados caídos y una piel demacrada que hacía juego con el semblante triste de su cara. La ropa desgastada que vestía delataba las mil batallas por los campos de la vida, mientras que sus zapatos explicaban los kilómetros recorridos, seguramente todos ellos en caminos empedrados

-Una, dos, tres, cuatro…- Marcelo contaba las botellas que tenía justo enfrente, pero siempre perdía la cuenta. No sabía si era producto de la resaca o del cerebro que había decidido justo ese día dejar de funcionar (al menos una parte de él).

-Ja, ja, ja.                                                                                      

La risa que repentinamente se escuchó en el cuarto era grave y con eco. Marcelo experimentó un pavor al no reconocer de donde provenían las carcajadas.

-¿Quién eres?, ¿Dónde estás?- Marcelo preguntó al aire nerviosamente sin saber qué respuesta le urgía más escuchar.

-¿Tienes miedo?- respondió la voz pausadamente.

El cuerpo de Marcelo empezó a temblar de forma insólita e incontrolable, las manos le comenzaron a sudar y por más que intentó no pudo decir una sola palabra.

-Ja, ja, ja.

Las risas se repetían constantemente, todas en el mismo tono y el mismo volumen. Marcelo cerraba los ojos como intentando creer que era un sueño y que al despertar la voz que lo aturdía desaparecería.

-¡Veme aquí!... ¡En las paredes!- gritó la voz que aniquilaba las esperanzas de Marcelo de que todo fuera una mala broma de su imaginación.

-Ayer todo era divertido verdad Marcelito- habló el desconocido con una actitud compasiva-  carcajeabas por la vida, sin preocupación, sin miedo.

El pánico que cada vez aumentaba en la persona de Marcelo lo hizo levantarse, como si hubiera recibido una inyección de adrenalina. Buscó desesperadamente una puerta, alguna ventana o cualquier espacio para escapar. Todo era en vano. Las risas no cesaban y la desesperación lo invadía.

-Ja, ja, ja.

-Cállate- gritaba Marcelo cada vez con más rabia.

Al darse cuenta que no tenía salida, Marcelo comenzó arrojar botellas a las paredes, daba patadas intensamente, puñetazos inútiles. Quería derrumbar los muros pero éstos no se movían, se dedicaban  a responder con risas.

-Eres irrisorio Marcelito- dijo la voz con un tono que expresaba el gozo que le provocaba la situación.

Marcelo seguía sin recordar que había sido del día de ayer, de su vida en el pasado. Pero se dedicó a pensar más en lo que le hubiese gustado tener ese momento: una familia o algún amigo que lo rescatara.

Resignado se arrodilló ante las paredes, sin ningún tipo de fuerza, con la cabeza inclinada y con el cuerpo totalmente derrotado. Las lágrimas comenzaron a brotar lentamente por sus mejillas. Los sollozos también fueron pausados y prácticamente inaudibles.

-¡Ves como el infierno no es como te lo contaron!- gritaron las cuatro paredes al mismo tiempo.


Marcelo comenzaba a aceptar sumisamente la tortura eterna que le deparaba su vida.