martes, 21 de mayo de 2013

“El hombre que no quiso ser cuerdo”


Víctor Ruiz.



Les escribo desde mi locura. O al menos eso dice la gente, que soy un loco de remate y sin remedio. Bueno, nunca me lo han dicho en mi cara; pero lo noto cuando me esquivan por las calles, lo percibo en sus miradas de desprecio y en la manera en que nunca nadie me dirige la palabra.

Sin embargo, he escuchado lo que se dice de mí. Cuentan que enloquecí el día que la policía me golpeó casi hasta morir en una manifestación, allá por el 71. No sé por qué se les ocurren tantos disparates. Yo, siendo un tipo tan formal con este saco gris, jamás podría haber participado en una revuelta de ésas.

Siempre me pregunto cómo se atreve la gente a rechazarme día a día. ¿Acaso no  mirarán lo formal y bien parecido que soy? Ojos claros, delgado, cabellera rubia y una piel bronceada; soy todo lo que ellos desearían pero nunca podrán ser. ¿Envidia? Sí, seguramente de eso se trata.

No los culpo, entiendo perfectamente su patética vida. Es tan absurda la manera en que viven. Siempre están corriendo, corren por aquí y por allá. Es como si todos fueran una copia exacta del que tienen a un lado. Creo que yo fui elegido para hacer la diferencia: ser la minoría absoluta.

Ha de ser terrible vivir de esa manera. Debería mirarlos con compasión, pero creo que ni eso se merecen. Quizás, yo no pertenezca a este lugar; debo de ser de un sitio lejano, donde la gente se mira a los ojos constantemente.

Créanme que no lo digo por vanidad. Son tantas las cosas que no comprendo de los que me rodean. Si lo piensan, entre ellos también se desprecian, es sólo que lo hacen de una forma más discreta. Se saludan, se preguntan mutuamente por la familia, incluso se abrazan y se desean buena suerte. He aprendido a mirarlos y con ellos a la hipocresía. Sin embargo, conmigo es como si se adjudicarán el derecho de despreciarme abiertamente, sin tapujos y restricciones.

No conformes con pisotearme, se dedican a perseguirme. Todos los días tengo que estar huyendo de la ambulancia que me busca desesperadamente para llevarme al manicomio. Aseguran que soy un tipo peligroso. ¿Peligroso? Yo a ellos los he visto robar y traicionarse; he presenciado la manera en que se insultan los unos a los otros. ¿Quiénes son los que deberían estar encerrados?

Tengo la sospecha de que más que un sujeto peligroso, me consideran una basura. Soy todo lo sórdido que daña la imagen de la ciudad. Les urge limpiar sus calles de gente como yo. Imagínense a todos esos turistas, llegan sonrientes y dispuestos a entregar sus billetes, lo que menos quieren es encontrar a personas que les contaminen sus pupilas.

Supongo que esa forma en que se auto engañan les resulta placentero. Caminan sonriendo para disimular el infierno que están pasando; se observan en los espejos tratando de olvidar que son muertos vivientes. ¿Saben? Es como si miraran alrededor con los ojos cerrados.

Entre todos, hay algunos que son más desquiciados. Presumen de poseer credenciales y uniformes que los hacen superiores. Ésos, no sólo me miran a mí desde arriba, lo hacen con todo mundo. Creo que me provocan cierta lástima, deben tener el alma desgarrada.

Sobra decir que no tengo amigos. Mi familia también decidió que yo era un demente y con el tiempo poco a poco se fueron olvidando de que existía. Yo también los expulsé de mis recuerdos al saber que estaba condenado a morir en soledad.

Ahora, solamente llevo conmigo esta libreta. Escribo todo el tiempo. Me gusta plasmar en letras lo horroroso que es el mundo desde mis ojos. Nunca lo dejo de hacer, en cierta forma me apasiona. ¿Para qué escribo?  Pienso que es la única manera de darme fuerzas, de recordarme que aún debo seguir de pie aunque a nadie le importe.

Si alguien encuentra algún día mis cartas, se dará cuenta de la vida que me tocó llevar. Las leerá una por una y se percatará que en cada una de ellas mi conclusión siempre fue la misma: Todos, absolutamente todos…están locos. 

martes, 14 de mayo de 2013

“Jugar en libertad”


Víctor Ruiz.



-¿Qué es ser libre?- Fue lo primero que escuché, cuando mi hijo de ocho años me asaltó justo en la puerta al llegar de trabajar como todos los días en la fábrica. Lo miré fijamente tratando de averiguar de dónde le había surgido una duda de ese tamaño.

-Ser libre es elegir- le contesté con naturalidad.

-¿Elegir?-  me respondió con más duda que en su primera pregunta.

-Sí, elegir. Yo alguna vez también tuve ocho años y te contaré cómo aprendí  lo que ahora te digo.

Con el entusiasmo que proyectaban sus ojos, se dispuso a escucharme como si se tratara del cuento nocturno que serviría para brotarle el sueño y llevarlo a la cama. Tratando de no perder detalle en mi memoria, comencé:

-Cuando yo tenía tu edad, solía jugar por las tardes con mis amigos del barrio. Éramos un grupo unido y lo que teníamos en común era la amistad que nuestros padres sostenían entre ellos. Ninguno de nosotros poseía grandes lujos, pero nos divertíamos en las calles y lo demás terminaba por no importarnos en lo absoluto.

Como la mayoría de los chicos, pasábamos el tiempo jugando futbol. Nunca podíamos ir a la cancha a ver a nuestro club jugar, ya que el precio de los boletos era costoso y ninguno de nosotros podía pagarlo. Decidimos que si no teníamos la oportunidad de ver en vivo a los futbolistas, entonces inventaríamos nuestro propio equipo y seríamos nuestras propias estrellas.

El barrio era chico, por lo que sus calles no tenían el espacio suficiente para organizar partidos. Sólo existía un lugar donde era posible realizar los juegos: el patio lateral de la fábrica donde trabajan nuestros padres.

La empresa era gigantesca, abarcaba varias calles de la zona y prácticamente todas las personas del barrio trabajaban en ese lugar. Mi padre constantemente se quejaba del dueño de la fábrica, hablaba de la explotación que sufrían todos los trabajadores a manos de él.

Nosotros con el tiempo fuimos descubriendo que lo que se decía del dueño era verdad. Cada tarde que nos reuníamos para jugar, el magnate, como lo empezamos a nombrar, aparecía con su lujoso automóvil  y nos echaba del lugar. Siempre lo hacía de distintas maneras: a base de insultos, nos amenazaba con atropellarnos, mandaba gente a corretearnos o incluso nos llegó a quitar nuestro balón.

Las quejas ante nuestros padres, resultaban inútiles. “Si le reclamo, me corren” me explicaba mi papá, quien trataba de hacerme entender que no podíamos hacer nada aunque la situación fuera de lo más injusta.

No entendíamos a quién le hacíamos daño jugando, tampoco comprendíamos por qué el magnate nos odiaba tanto. Con el tiempo, el rencor hacia él fue aumentando, hasta que un día no soportamos más la situación. Con mucho esfuerzo habíamos comprado un balón entre todos, estábamos ilusionados con hacerlo rodar y antes de que eso sucediera, apareció con sus poderosas llantas,   aplastándolo sin ninguna compasión.

La tristeza y un sinfín de sentimientos que no sabíamos cómo nombrar aparecieron ese día. Sin saberlo en ese momento, nos organizamos para conseguir algo que con el tiempo descubriríamos que se le llama justicia. En cierta forma, también buscábamos recompensar a nuestros padres y a todo aquél que había sido víctima del magnate.

Toda la semana nos dedicamos a recolectar globos, los suficientes para poner en marcha nuestro plan. Cuando consideramos que teníamos una cantidad aceptable, los llenamos de agua y los colocamos en cajas que escondimos por el patio donde jugábamos.

Esa tarde, antes de partir, nos miramos con solidaridad y prometimos que sin importar las consecuencias estaríamos juntos hasta el final. Asistimos al patio de la fábrica y fingimos jugar como de costumbre, hasta que llegó el magnate…

Éste, bajó con rabia y a la vez con alegría porque disfrutaba del corrernos a diario. Pero a nosotros el temor ya no nos invadía, al contrario: respondimos con coraje. Tomamos los globos de las cajas y sin pensarlo, lo bombardeamos por todas partes. Su rostro fue de pánico. Sin saber qué hacer, corrió hasta su auto y huyó a toda velocidad.

Habíamos ganado la batalla, la revolución diríamos años más adelante. Corrimos por todo el barrio anunciando nuestra victoria. La expresión de cada uno de nosotros era de alegría que se combinaba con el viento en el rostro. Ese día aprendimos lo que era la libertad. Fue el día en que elegimos acabar con nuestro opresor…El momento en que elegimos ser libres.

martes, 30 de abril de 2013

“Morir”


Víctor Ruiz.





“La muerte volvió a la cama, se abrazó al hombre, y, sin comprender lo que estaba sucediendo, ella que nunca dormía, sintió que el sueño le bajaba suavemente los párpados. Al día siguiente no murió nadie.” (José Saramago, Las intermitencias de la muerte

Imagínense la diferencia entre el estar y no. Dejar de respirar, de oler y sentir. He ido descubriendo poco a poco la ausencia del mundo, desde que sé que voy a morir. Voy a morir como todos, la diferencia es que yo cuento  medianamente con la hora, el minuto y segundo en que eso sucederá. ¿Mala suerte?, ¿Aprovechar la vida?, ¿Vivir al máximo? No se pregunten nada. Cuando uno va muriendo, también se pierde la capacidad de indagar. No existen cuestionamientos ni respuestas razonables. Me estoy muriendo y es todo lo que deben saber.

Tampoco es una súplica para aferrarme a la vida. No, no pido permiso para nacer como Neruda. Que quede claro, esto no es una carta de lamentos ni de arrepentimientos; mucho menos pretendo decirles cómo se debe vivir. Solamente quiero hacerme comprender la diferencia entre escribir esto y no poder hacerlo más.

La compasión se ha convertido en mi fiel compañera. Me compadece mi familia, mis amigos, los desconocidos y hasta mis enemigos. Noto sus miradas de lástima cada que pasan a saludar. Me desean una pronta recuperación y me dicen que todo va estar mejor, pero en realidad se están preguntando cuánto más tardaré en morir.

No los culpo, entiendo lo desgastante que ha de ser cargar con un muerto a medias. Sé que nunca me dirán que están hartos de mí, pero basta con mirar sus ojos cansados y los rostros demacrados, para entender la pesada existencia que llevan. Quisiera que supieran que cada día me esfuerzo al máximo para dejar de estar.

Me extraño. Extraño como me gustaba ir a un partido de futbol, extraño mis discos a todo volumen en la grabadora, extraño lo placentero que eran los asados en domingo. Extraño a la mujer, a mi mujer. He olvidado lo que son los besos, las caricias, el deseo. Mi olor a muerte los repugna, los aleja. Este es el verdadero acto de morir: olvidarse de cómo era vivir.

No sé si el pesimismo impera en todos los moribundos, puesto que no he querido conocer a otro más. Su olor terminaría fastidiándome porque sabría exactamente cómo contamino a los que me rodean. Tengo la idea de que no existen desahuciados felices, en todo caso, son hipócritas que se auto engañan para tratar de hacernos creer que son ejemplos de vida. Al final, ellos y yo, tenemos los suspiros contados.

¿Viví como debía? Es la pregunta que en teoría tendría que atormentarme, pero a esta altura da igual. Supongo que sonreí y lloré como todos. De los errores que pude haber cometido, ya no me preocupo. Total, los vivos se equivocan más que yo.

Cuando me traen los periódicos por las mañanas, me doy cuenta que mi situación puede llegar a ser un privilegio. Guerras, hambre, crisis, enfrentamientos, desprecio, racismo, intolerancia, corrupción, lágrimas… ¿Ellos también estarán muertos? La diferencia es que mi cuerpo ya pronto dejará de fastidiarme y mis ojos no podrán presenciar más su indeseable mundo.

Por lo pronto, confieso que el dolor físico me resulta insoportable. Las noches me parecen eternas y ninguna pastilla calma mi desesperación. Grito por horas porque es la única manera de escupir los malestares. Cuando el dolor disminuye, sigo gritando en silencio porque desde hace tiempo no conozco lo que es estar bien.

La diferencia entre el estar y no. Pienso que no sólo respirar es vivir; imagino que quizás si encontrara una cura a mi enfermedad, tal vez, tendría ánimos de hacer muchas cosas. Pero es absurdo pensar en todo lo que haría, es inútil cuando no queda una sola esperanza. Acepto mi destino y está bien.

No me interesa preocuparme por lo que pasará después de la muerte. Cuando me encuentre cara a cara con ella, sé que será placentero para ambos. Quiero terminar con toda esta historia, expulsar mi cuerpo y que con él se vaya el dolor. Honestamente quiero morir, dejar de existir. Cuando ustedes lean esto, sabrán que en cada línea he perdido un poco más de oxígeno y vida. Los suspiros se me acaban y en poco tiempo podré despedirme como lo hizo León Tolstói: “Me voy a otra parte, para que nadie me moleste.”


lunes, 15 de abril de 2013

"Piedras"

Víctor Ruiz.



Saben las piedras que a este lado
de por qué las manos lloran.
Saben de cascos de caballos
de quien vive de deshoras.
Saben del ruido del caer
del rocío en las pistolas.
Saben que nunca han de volver
las pisadas de la aurora.
Saben las piedras caminar
sobre la sombra del hambre
cuando no las coge nadie.
(Reincidentes)

Cuando lo vi justo frente a la barricada policial, me llamó la atención de su edad. Se distinguía del resto de los jóvenes que encaraban a la autoridad con rabia.

-Tengo 60 años- fue lo primero que me dijo al momento de que nuestras miradas se cruzaron y pudieron hacer click. No sé si al observarme se percató de la estupefacción que me provocaba mirar a alguien que me triplicaba la edad, sujetar una piedra con exacerbada fuerza y solemne seguridad, y que ésa haya sido la razón por la que quiso responder a mi rostro de interrogación. "Tengo 60 años", lo había dicho con nostalgia y a la vez con jerarquía, como si las seis décadas justificaran cualquier pregunta que pudiera yo hacer.

Pero antes de comenzar a indagar, me dediqué a observar su ropa minuciosamente y tratar de en ella encontrar una explicación, aunque todavía no supiera con precisión a qué. Llevaba un pantalón de vestir café, zapatos toscos oscuros, una chamarra gruesa, un paliacate rojo en el cuello y unos anteojos de lectura que amenazaban con caer en cualquier momento.

-Hace dos años que estoy en el paro, formo parte de las 44 mil familias que se quedaron sin ingresos económicos- comenzó a relatarme olvidándose del fuego y las botellas que volaban por todos lados en la avenida.-Lo curioso, es que no sólo pierdes el empleo al que te dedicaste toda tu vida, pierdes los pocos beneficios que tenías; adiós al seguro social, nos vemos vales de despensa y hasta nunca jubilación.

No sabía su nombre, pero sus palabras ya no me resultaban extrañas. Me contó de la desesperación que fue haber aguantado dos años sin cobrar liquidación, para terminar perdiendo la batalla que muchos desde antes habían considerado una causa inservible.

-Tengo una biblioteca dentro de la casa. Durante algún tiempo ofrecí talleres de lectura para niños, no tenía costo, se trataba de cooperación voluntaria. Pero todo se vino abajo porque los padres me empezaron a acusar de que sus hijos se habían vuelto indisciplinados y les cuestionaban cosas que antes no se atrevían- guardó silencio por un instante y me dirigió una mirada sarcástica.-Pues es que para eso eran los talleres, terminé contestándoles.

A diferencia del resto de los manifestantes, él, se encontraba paciente y sereno. En ningún momento denotaba nerviosismo, su semblante hacía ver que tenía doctorado en protestar y que la piedra en su mano era una camaradería  de tiempo atrás.

-De niño, mi padre me dijo que solamente me podía heredar la lectura y la escritura. A los siete años éso te parece poco; ahora entiendo que aparte de lo único, es lo mejor que me pudo dejar el viejo. Mis dos hijos saben que mi biblioteca será suya a partir del día que mi cuerpo decida dejar de estorbar, y así: generacionalmente nos vamos heredando la conciencia...

Tú podrás decir que en estos tiempos de crisis esas conciencia  sirve para poco, y tienes toda la razón  si lo vemos desde una óptica donde tuve que perder trabajos por no permitir que me encarcelaran la inteligencia; ahora mismo debo hipotecar la casa al banco y de los impuestos mejor no te cuento. Alguna vez leí en Andamios de Mario Benedetti, una cita de José Emilio Pacheco: "Ya somos todo aquello contra lo que luchamos a los veinte años"...

La verdad es que a mí nunca me pasó. Es cierto que con los años las frustraciones y fracasos han ido en aumento; los desencuentros y las desesperanzas son el pan de cada día; pero lejos de sentirme listo para entrarle al juego de la adaptación, mi rabia es renuente. En el oficio que aprendí, y al cual le rendí 40 años de mi vida, supe ser un obrero que piensa y opina...

Me preguntarás que si estoy cansado. Pues claro que lo estoy. Me he cansado de esperar a eso que llaman revolución y que dice el viejo Galeano que es cuando llueve de abajo arriba. Pero la cosa es que acá hace rato que la tierra está despejada y seca.

-¿Alguna solución?-pregunté con la única intención de extender sus palabras.

-Salvador Freixedo hablaba de una violencia civilizada: una violencia que fue implantada ya hace muchos años; la institucionalizaron con las leyes.Cuando nosotros venimos a hacer barricadas se nos acusa de violentos, pero nadie se escandaliza cuando, año tras año, no se legisla para que los salarios dejen de ser unos salarios de hambre; no figura la palabra violencia cuando se hacen de la vista gorda ante la falta de viviendas y servicios de salud; si anualmente aumenta la desnutrición y el analfabetismo, las justificaciones varían, pero nunca nadie se atreve a decir que nos están violentando. Hace falta una sacudida violenta para que despierte el rebaño. Yo no sé de soluciones, pero considero que si violentamente nos han tratado, del mismo modo debemos responder. Tampoco te estoy diciendo que se trate de atacar al primer uniformado en la calle, pero si nuestra violencia está dirigida a los culpables, a los de cuello blanco; caminar será el segundo paso.

El pelotón de policías comenzó a avanzar hacia donde estaba el sexagenario. Poco a poco me fue ignorando y se dedicó a concentrar su mirada sobre las fuerzas policiales. Antes de perderse entre la multitud, escuché sus últimas palabras: -¿Ves estas canas, hijo?... Me las dio este país.

Cuando quise encontrarlo, no estaba más. Sólo puede apreciar a lo lejos, en el aire, a una piedra que comenzaba a volar.      

miércoles, 13 de marzo de 2013

“Legalmente utópico” (Segunda entrega de la sección "Baúl literario")


Víctor Ruiz.



Nota para el lector: Cualquier parecido con la novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury publicada en el año 1953, no es coincidencia, es totalmente intencional.

¡Malditos libros! Instrumentos malévolos que han desestabilizado a la patria. Se trafican clandestinamente por todas partes. Van y vienen entre los adictos, los consumen sin importarles el mañana, leen en exceso que han llegado al grado de olvidarse de su vida social.

En los mercados negros de las ciudades se encuentra de todo: libros importados de la vieja Europa, panfletos revolucionarios originarios de Cuba, textos antiguos con letras prácticamente indescifrables, obras clásicas y también contemporáneas.

Las clases sociales no importan en esos lugares. Cada quince días se les ve a los obreros gastando su salario en textos que no les duran ni siquiera el fin de semana completo, por otra parte, se presentan de igual manera los mejor vestidos y pagados, ellos compran y compran como si nunca lograran saciar el vicio.

El prestigio que se han ganado estas guaridas literarias, se debe a la importación de obras prohibidas. Solamente en esos rincones oscuros se pueden encontrar los manuscritos esquizofrénicos de Gogol o las incomodas letras de José Revueltas.

Pero de vez en cuando también hay sequía, los operativos montados por el gobierno federal generan tiempos de bloqueos y bonanza. Y ahí sí, no queda de otra que recurrir a leer lo que ya tan absorbido se tiene: desde Los miserables de Víctor Hugo, pasando por Juan Rulfo y su Pedro Páramo, hasta la desfachatez de Pito Pérez.

La cosa es que los traficantes siempre se las ingenian para tener mercancía. Si eres novato o estás en proceso de ser un adicto te dan a leer Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, obra que paradójicamente en el siglo pasado era una novela llena de ficción, y que ahora en nuestros tiempos se ha convertido en un ensayo sobre la realidad.

¡Cuidado con atreverse a terminar de leer tal libro! Las estadísticas más recientes publicadas por el gobierno revelaron que el 95% de las personas que leen esa primera novela, automáticamente van en busca de un segundo libro; lo que da como resultado que exista un nuevo adicto que amenaza a la nación.

Los especialistas más reconocidos de diferentes ramas aseguran que la lectura está destruyendo familias, y que, de no erradicarse el problema a tiempo, se espera lo peor: una revolución social. Se han comercializado los libros por todos los rincones del país que resulta casi imposible que ningún joven haya probado de sus letras.

No conforme con ser parte del vicio, los grupos juveniles organizan tertulias clandestinas, donde aparte de ingerir altas dosis de lectura, dedican el tiempo a discutir problemas sociales y a proponer soluciones.

Por supuesto que existen listas emitidas por el Secretario de seguridad que presentan a los traficantes y adictos más peligrosos del país. Todos ellos tienen características de tinte macabro, son: subversivos, anarquistas, comunistas y algunos inclusive se atreven a ser escritores.

¡Pena de muerte! Grita y exige la sociedad para todos ellos en cada una de las manifestaciones. ¡Les declaramos la guerra! Responden las autoridades. Y así, comienza la persecución por todo el territorio nacional. ¡Nunca antes se había invertido tanto en la seguridad de los ciudadanos! Se le escucha decir por televisión al presidente.

Las calles se han visto invadidas por equipos especiales antimotines, mismos que se encargan de desmantelar laboratorios llenos de cajas con libros y hojas en blanco listas para pasar por la imprenta; pero los traficantes también cuentan con sus estrategias y cada vez es más complicado dar con ellos. Y a pesar del intento de maquillar la situación por parte del gobierno y sus medios de comunicación, la verdad salta a la vista: En este país se sigue leyendo.

La cosa no termina ahí. Lejos de ir perdiendo la batalla, los “letristas” (como ya se les conoce) cada vez toman más fuerza. Su fama ha alcanzado a otras naciones y los jóvenes de éstas han empezado a seguir el mismo ejemplo. “Lástima que nos demos a conocer por esto” dictamina la opinión pública avergonzada.

Los líderes de la prensa, aseguran que es cuestión de tiempo para que el país se convierta en exportador de lectura, lo que provocaría tener las miradas del mundo entero señalándonos como terroristas que pretenden atentar contra la humanidad entera.

Estado de sitio, ley marcial y toque de queda; fueron las tres últimas propuestas dadas al congreso por el presidente. ¡Tenemos que parar esta catástrofe! Dijo en cadena nacional y aseguró que no existirá tregua.

Muchos afirman que la guerra se va perdiendo porque la corrupción sigue imperando dentro de las autoridades. Y en realidad no suena tan descabellada esa posibilidad. Cuentan que por las noches, se les puede ver a altos funcionarios y mandos policiales en los mercados negros pidiendo su material favorito:

-Por favor, deme tres de literatura utópica.


Continuará…en el próximo sexenio.

lunes, 21 de enero de 2013

“Ocho”


Víctor Ruiz.


Aquél domingo del año 95 mi padre decidió que ya era tiempo de convertirme en heredero de lo que él más apreciaba en la vida. Sin consultarme siquiera, me colocó una playera que bien podría usar de pijama o solamente en caso de extremada urgencia, es decir, cuando no tuviera más ropa disponible.

-Yo la usé por muchos años- me dijo mientras me acomodaba la desgastada playera sobre mi torso corto y endeble. –Listo, te queda perfecta- sentenció y a la par me dio unas palmaditas en la espalda que me dio la impresión de que eran muestras de apoyo para atreverme a salir a la calle con ella.

Yo tenía 6 años, no entendía por qué mi padre me había levantado temprano en domingo. Tampoco comprendía por qué me obligaba a usar una playera de una franja roja combinado con un amarillo canario. Los colores eran atractivos, no lo niego, pero por qué  tuvo que regalarme la camiseta más vieja de toda la ciudad.

-Hoy irás al estadio a ver al Atlético Morelia- me informó de una manera tal que parecía que me estaba preparando para recibir la lección más grande de mi vida. Por otra parte, los alegatos de mi madre no se hicieron esperar: “A lo mejor a tu hijo no le gusta el fútbol, no lo obligues”, “Enséñale otras cosas de mayor provecho”, “Ya me tienes cansada con tu Morelia”. Los reclamos iban y venían, pero a decir verdad, la indiferencia de mi padre era más fuerte y se terminó imponiendo ante los reproches domingueros.

Yo en realidad prefería quedarme a ver las caricaturas, pero ante la orden contundente de “vas a ir al estadio” no podía hacer nada. Tenía 6 años y muy poco poder en la casa como para protestar las decisiones tomadas en mi contra. En el camino hacia el estadio Morelos recibí las lecciones básicas de lo que era el fútbol y también un poco de la historia del equipo al que íbamos a ver.

Al llegar a las afueras del estadio me di cuenta que todos llevaban puesta una playera igual o similar a la mía, situación que me tranquilizó, pues ya no tendría que soportar la pena de que todos voltearan a mirarme y que al señalarme dijeran: “¿Ya vieron? Que playera tan vieja”.

Era la jornada 1 del torneo largo 95-96. El rival era Atlante. Mi padre me explicó que era un equipo de tradición en la ciudad de México y que tenía como figura a un portero extravagante llamado Jorge Campos.- ¿Y por qué no hay ninguna persona con la playera de ellos?-  pregunté por primera vez mostrando interés. La respuesta fue sencilla pero clara: “Son visitantes y en este estadio apoyamos al equipo de nuestra ciudad”.

No conforme con la playera, mi padre también me compró una bandera. -Es para que la ondees cuando salga el equipo-  me dijo como para justificar el obsequio.

Y así fue. Al momento en que salieron corriendo a la cancha los jugadores con su uniforme de la franja yo agité la bandera una y otra vez hasta que mis manos no pudieron más. El resto de la gente hacía lo mismo. De repente todo se convirtió en una fiesta. En ese instante me di cuenta que el fútbol me empezaba a gustar.

En el transcurso del partido mi padre se emocionaba como nunca lo había visto. Era feliz y en cierta forma eso también me hacía feliz a mí. A pesar de la euforia que tenía, no se olvidaba de explicarme detalladamente lo que ocurría en la cancha. Y en cuanto a mí, que cada vez me introducía más en el juego, me llamó la atención un jugador que llevaba el número 8 en la espalda. Era un sujeto calvo que pedía todos los balones y que cuando se lo daban provocaba que la gente gritara de emoción.

-Es Marco Antonio Figueroa pero le dicen el “Fantasma”- me dijo al oído mi padre al darse cuenta que ya no le quitaba la vista de encima. Realmente me parecía que se robaba toda la atención, y aunado a esto, se notaba que el resto de los jugadores lo respetaban.

En una de las tantas veces que Figueroa tomó el balón, corrió por todo el lado derecho del campo, los rivales intentaron alcanzarlo pero él fue más rápido; llegó al área y disparó hacia a la portería para convertir lo que sería el primer gol de la tarde. Figueroa se levantó la playera y la puso encima de su cabeza, estiró los brazos y así festejó frente a las tribunas. -¡Ves por qué le dicen el fantasma!- me decía mi padre mientras saltaba como si fuera un niño otra vez, como si tuviera 6 años, igual que yo.

Me sentía contagiado por la alegría de toda la gente, pero sobre todo estaba maravillado con la forma de jugar del “Fantasma” Figueroa. Hasta ese momento pensaba y creía que ya había visto lo mejor de él. Todavía no terminaba de abandonar ese pensamiento cuando el número 8 decidió disparar a la portería rival desde la mitad del campo, el balón fue bajando poco a poco ante la expectación de todos. El extravagante Jorge Campos quiso rechazar la pelota con un lance extraño pero lo único que consiguió fue exhibirse ridículamente. Morelia ya ganaba dos por cero. El festejo se repitió y yo ya había aprendido a gritar “Gol”.

El resto del partido fue desmotivante. Atlante vino de atrás y logró empatar el marcador. Mi padre salió del estadio tirando reproches por doquier. –Siempre es lo mismo, no sabemos cuidar la ventaja- decía mientras suspiraba de forma cansada y triste.

Yo por mi parte regresaba feliz a casa, había visto a alguien jugar increíblemente al fútbol. Honestamente, ya no me daba pena llevar puesta esa playera vieja, sino todo lo contrario. El resto del día lo pasé apreciándola, pensaba que si tuviera el número 8 en la espalda sería perfecta.

Al día siguiente era lunes: mi primer día de clases en la primaria. Tenía planeado llevar mi playera del Atlético Morelia para presumirla ante mis nuevos compañeros, pero a mi madre no le agradó la idea y opuso resistencia ante mi decisión.

Sabía que cualquier intento por convencerla era en vano, por lo que decidí engañarla y llevar la playera debajo de mi patético uniforme escolar. Conseguido mi objetivo esperé hasta el recreo para mostrarla al público, me acerqué hacia la cancha y pacientemente observé al resto de los niños quienes demoraron algunos minutos para invitarme a jugar.

-¿De qué juegas?- me preguntaron. –Meto goles- les mentí. Nunca en mi vida había estado tan cerca de una cancha como en ese momento. El partido fue peleado, los dos equipos no nos permitíamos nada, el cero a cero se mantuvo a lo largo del partido.

“¡Ring!” se escuchó en toda la escuela. Era el sonido que ponía fin al recreo…pero no al partido. -¡Gol gana!- gritó un niño que derramaba litros de sudor. Hasta la fecha no recuerdo la jugada, sólo sé que el balón quedó frente a mí y que yo sin pensarlo rematé con todas mis fuerzas. Lo demás, fue oír el sonido de la red golpeada por la pelota. Nunca había sentido algo similar en mi vida, corrí y corrí. Me levanté la playera y la puse encima de mi cabeza, estiré los brazos y festejé por toda la cancha. Desde ese momento decidí que yo también era el “Fantasma” Figueroa, el número 8… como el del Atlético Morelia. 

sábado, 22 de diciembre de 2012

“La última voz”



Víctor Ruiz

-¿Qué es lo que más aprecias de la vida?
-La música, respondí. No traiciona, siempre me acompaña, a veces me ha salvado.
(José Agustín, “Dos horas de sol”)


Cuando Joe Strummer se encontró de frente en el lugar donde posiblemente fusilaron a Federico García Lorca en Víznar, España, logró cumplir una de sus promesas que se había hecho años atrás: fumar un porro ante la tumba del poeta. En ese mismo instante se hizo una nueva promesa: escribir una canción que se llamaría “Lorca” y que hablaría de esa tarde, de la voz de los muertos y del silencio que se sentía en el lugar. La vida no le alcanzó para cumplir el trato.

Alguna vez leí que la tragedia que provocó la desaparición de The Clash radicaba precisamente en que ya nadie llenaba el silencio que dejó Joe Strummer y sus compañeros de banda. Como si leyeran el futuro, The Clash presagió una y otra vez la indiferencia de las bandas ante las atrocidades mundiales. Así lo demostraba Joe Strummer en la canción Withe Man (In Hammersmith Palais): “Los nuevos grupos no se ven afectados/ no se preocupan por aprender/ consiguieron trajes de Burton/ piensan que es divertido convertir el dinero en rebelión”.

Escuchar a The Clash 35 años después, tiene que ser un acto de reivindicación  para no perder la mayor herencia que regaló Joe Strummer al rock: la voz.

“De repente éramos cuatro sujetos con guitarras queriendo cambiar el mundo” dijo alguna vez en algún documental Strummer tratando de definir lo que era The Clash. Siempre caracterizado por hacer de la música un mensaje de revolución y de ideales, Joe fue muy cercano a las causas sociales; su interés por lo que sucedió en la guerra civil española y el apoyo a los sandinistas en Nicaragua son ejemplo de ello.

En el mundo siguen existiendo las guerras, las desigualdades, la pobreza, el abuso de poder, el egoísmo, la policía, los bancos mundiales, las prisiones, las reformas violentas, los marginados y todo aquello que nos aleja del ser humano. Evaristo Páramos lo dice de mejor manera: “Lo único que ha cambiado del mundo es que no ha cambiado nada”. Solamente existe una cosa que sí es diferente: ya no está un Joe Strummer para seguir gritando las ignominias de la vida diaria.

Cada vez son menos las bandas que llevan en su música un reclamo  ante las miserias de la sociedad; pero en cambio, proliferan los grupos de rock temerosos, los que viven preocupados de que la industria no los margine y termine erradicándolos del mundo de sus negocios. Ante esto, las agrupaciones han optado por ceder lo más valioso: su libertad. Y todo para que unas gentes poderosas tengan el control total sobre su música.

Por lo pronto, yo seguiré cumpliendo mi promesa de escribir y rendir tributo cada año a The Clash, la banda de rock más libertaria que mis oídos hasta ahora han escuchado. Sigo pensando que de algo tiene que servir seguir siendo un Clash en pleno caótico 2012, o por lo menos, funciona para caminar hacia la búsqueda de encontrar como decía Joe Strummer: “Un futuro en el que el mundo sea un lugar menos deprimente de lo que ahora es”.