lunes, 11 de noviembre de 2013

“Anarquismo para principiantes”

Víctor Ruiz.




"Hacer la revolución es implantar en la sociedad presente algo de lo que será la sociedad futura, ya que el hombre, aunque influido por el medio, también puede ir cambiando su medio; la revolución hay que hacerla primero en las cabezas y en los corazones”. (Emmanuel Mounier)

-¿Cómo pueden vivir sin gobierno?- le preguntó el niño Juan al viejo Joel.

-Pues así, niño. No necesitamos gobierno.

-Pero la gente necesita un orden, ¿no?

-Y no ve niño Juan que estamos perfectamente organizados. Nuestras fábricas están libres de patrones y por lógica de explotación. Nosotros nos ponemos nuestras metas y objetivos para producir.

-¿Y quién de ustedes es el que gana más, señor Joel?

-Pues nadie, niño. Para empezar la moneda ha sido eliminada, ya que nada más crea egoísmo y ambiciones. Lo que producimos es repartido de manera igualitaria, y si la gente necesita algo, ahí está la bodega para que tomen lo que se ocupe.

-Pero… ¿qué pasa si alguien roba?

- ¿Y por qué habrían de robar si no se tiene la necesidad? La delincuencia es una enfermedad social que se produce por el deseo de tener lo que otros poseen; es por eso que nosotros no necesitamos de policías ni militares, si alguien comete una falta hay que llevarlo a un nivel de consciencia donde comprenda la importancia del colectivo y de la solidaridad.

-Entiendo muy bien, señor Joel. Pero explíqueme qué pasa con la gente que no está de acuerdo con todo lo que me dice.

-En una sociedad como la nuestra tratamos de preservar la autonomía individual  del pensamiento, ¿pero crees Juanito que exista alguien en el mundo que no le guste ser libre? 
Es por eso que estamos tan bien organizados, porque  encontramos un objetivo en común, que es librarnos de cualquier tipo de opresión. Todos lo hemos entendido así y siempre nos sacrificamos por el colectivo. Un día podrás verme en la oficina de la fábrica y a la siguiente mañana labrando el campo; una tarde compartiré mi trabajo y otras veces me prestarán sus servicios los compañeros. Todo depende de las necesidades que tengamos en conjunto.

-¡Ah!, ya entiendo. Es como una cadena de favores.

-Sí. Proudhon lo llamaba mutualismo, cuando seas más grande te lo explicaré a detalle.

-Oiga Don Joel, pero no me ha hablado nada del papel de la mujer en su comunidad.

-Tienen los mismos derechos y responsabilidades que los hombres. El papel de la mujer no es atender la casa, criar hijos y hacer la comida. Eso se piensa en otras sociedades que ven a la mujer como algo inferior, pero ellas tienen el mismo derecho a saborear la libertad  como lo tienen los animales y cualquier ser vivo. Por supuesto que la mujer también trabaja y apoya las causas de la comunidad, pero lo hace de la misma forma que nosotros.

-Y a todo esto, ¿usted es casado, Don Joel?

-Claro que no. Tengo a mi pareja y vivimos en amor libre.

-¿Amor libre?

-Así es, niño Juan. Creemos que no necesitamos firmar algún papel, ya que no queremos ser un negocio para el Estado o alguna iglesia. Además esto no es un asunto de dominación, el hombre tiene que ser hombre, la mujer es mujer, y en conjunto somos dos seres humanos en libertad. “Apoya el amor libre. Si no es libre, no es amor”.

-¡Caray!, me sorprende con todo lo que me cuenta, Don Joel. Supongo que en este lugar los niños somos los únicos que tenemos que andar siguiendo órdenes de los mayores.

-Pero qué dice usted, Juanito. Los niños son las personas más felices en este lugar. Nosotros tenemos la “escuelita libertaria” para ustedes. Imagínate un lugar donde no tengas que llevar uniforme, no existan exámenes ni castigos, donde decidas qué aprender cada día y además hacerlo jugando. ¿No te gustaría?

- Mucho, Don Joel. Pero tengo que confesarle que no soy muy bueno sacando notas altas.

-¿Y cómo para qué ocupas un número? Tú eres Juan, no un 10 o un 5. En esta escuela lo que importa es que expreses tu manera de pensar, que razones y saques tus propias conclusiones. Eso es la libertad, Juanito.

-¿Entonces los niños podemos hacer lo que queremos?

-No de esa forma. Ustedes siempre van acompañados por sus padres en ese camino de la libertad, misma que ustedes aprenden valorando cada decisión que toman y asumiendo la responsabilidad que ésta conlleva.

-Todo suena perfecto, pero la verdad es que parece muy aburrida la vida trabajando y estudiando nada más.

-Oiga niño Juan, ¿y quién le dijo que aquí no nos divertimos? Tenemos nuestros espectáculos de música, teatro callejero y hasta partidos de futbol. Claro que a todo le tratamos de poner un mensaje libertario, pues no podemos negar nuestra esencia.

-Ya me tengo que ir, sólo contésteme una cosa más, Don Joel. ¿Por qué en la televisión hablan tan mal de ustedes?

-Quizás sea ignorancia, desprecio o hasta miedo. No lo sé, Juanito. Pero de lo que sí estoy seguro, es que la razón y el corazón no siempre están juntos. 

lunes, 4 de noviembre de 2013

“Los decididores”

Víctor Ruiz.




"Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del computador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o de un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro”.*

Se han reunido porque era necesario. La emergencia era mundial y la activación de un plan tenía que ser de inmediato. Convocados en el Nobis Hotel, el más lujoso de Estocolmo, Suecia, han venido hasta aquí, con sus trajes de primer mundo. Se han saludado fraternalmente como los buenos ex compañeros que fueron dentro de las universidades de élite de economía. Han pasado de los abrazos al intercambio de logros en el gremio. Ya hablaron de globalización, neoliberalismo y de qué tanto se obtuvo los resultados que esperaban.

Nadie sabe de esta reunión más que los magnates del hotel, ellos por supuesto guardarán el silencio prudente que la ocasión amerita. Citados en el auditorio que se encuentra en la parte baja, están la gente que usted no votó ni eligió de ningún modo, pero que de igual forma gobiernan sobre su economía. Son los dueños del Banco Mundial, economistas prestigiados del Fondo Monetario Internacional y todos los que controlan el capital. Ellos también son los encargados de poner en los gobiernos de los países a los personajes que más se adecuan a sus intereses. Muchos de sus empleados son presidentes, la mayoría nunca les han fallado.

“Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará a usted el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo; porque siempre ganan ellos, cuando ganan, y nunca pierden ellos, cuando pierden”. *

-Tenemos que inventar una crisis, una recesión económica que obligue a nuestros gobiernos europeos a implantar recortes, recortes que terminarán reflejándose en el resto del mundo- dijo el economista ganador del premio Nobel que hablaba frente a la asamblea.

Un prestigioso banquero tomó la palabra y completó la idea:

-Hablaremos de una crisis mundial, del déficit económico. Se instalará el paro y las deudas aumentarán; la gente no podrá pagar las hipotecas de su casa y seguramente terminarán desahuciados. Suena difícil, pero a pesar de todo les pediremos un poco de paciencia, que aguanten un poco más.

-Está claro que la gente se indignará, pero ya encontraremos mecanismos de anestesia. Si estos fallan, la gente podrá salir a las calles y gritarán cuanto quieran; aventarán piedras a las fuerzas policiales, pero al final del día se darán cuenta que no pueden hacer absolutamente nada- opinó un colega más.

-Para esto es necesario contar con el apoyo de la iglesia y de los intelectuales que estarán de nuestro lado. Necesitan hablarle a la gente y hacerle creer que los tiempos que correrán tendrán de recompensa un futuro de bonanza. Es decir, todo tiene que ser certeramente maquillado; la opinión pública escuchará términos como “macroeconomía”, “amortización”, “bienes de uso y de consumo” y toda esa palabrería que no logran entender. Eso sí, no se les dará mayor explicación de lo que sucede y los orillaremos a pensar que las cosas son así y que no hay el porqué cuestionarlo- explicó de forma contundente un profesor de la universidad de Harvard.

Ya decía José Saramago que la democracia es una forma de engaño, y en nombre de ésta, los intereses iban a subir y bajar a complacencia de las élites políticas y económicas. Los medios internacionales serían informados y capacitados para el manejo del guión propuesto por los economistas.

-Esto durará algunos años, y cuando se tenga que terminar, la gente volverá a tener un carro, vacaciones a la orilla del mar y un crédito en el banco que les permitirá consumir cuanto les apetezca. Todo volverá a girar normalmente.- concluyó el líder de la secta de “decididores”.

“Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena". *

La reunión se extendió por más de 4 horas. Afinaron detalles para que todo estuviera perfectamente calculado. Acabada la sesión, brindaron con champagne que el gobierno estadounidense les otorgó cordialmente. Al día siguiente la maquinaria se encendería: las fábricas multinacionales harán un excesivo recorte de personal, se eliminarán sindicatos, los egresados de las universidades no tendrán ninguna opción de trabajo, el banco doblará los intereses, el precio de la canasta básica aumentará al triple, la cultura y educación sufrirán la retención de recursos, la violencia en la protesta será condenada, las comunidades en situación de extrema pobreza sólo tendrán más hojas para comer y los gobiernos declararán una recesión económica. Ellos, los economistas controladores del capital, continuarán escondidos en la sección de economía dentro de los periódicos.


*Arturo Pérez Reverte, “Los amos del mundo”, publicado en “El semanal” el día 15 de Noviembre de 1998.


lunes, 21 de octubre de 2013

“El abuelo Tomás”

Víctor Ruiz.


Casi podría decir que no conocí a mi abuelo Tomás. A lo mucho llegábamos a visitarlo una vez al año, y eso más por obligación que por otra cosa. Pero el día que mi familia entera fue avisada de que el abuelo tenía poco tiempo de vida, hasta los tíos más lejanos se atrincheraron en su casa. No es que de la noche a la mañana todos se hayan transformado en las almas más sensibles y nobles de la tierra, sino todo lo contrario. El abuelo Tomás era poseedor de incalculables tierras y riquezas, que en cuanto se supo que tenía la muerte a unos pasos, todos comenzaron a preguntarse para quién sería la jugosa herencia.

Mi tío Wilfrido, que solía ser el más mañoso de todos, la mayor parte del tiempo se ofrecía voluntariamente para hacerse cargo de la distribución económica. Por supuesto, el resto de tíos, incluyendo mi madre, se negaban rotundamente a que el dinero cayera en manos de ese rufián. Mi tía María que era experta en fingir dolor hasta el grado de llorar, pasaba el resto del tiempo en la habitación del abuelo. Su táctica, al parecer, era la de representar el papel de la hija que acompañó a su padre hasta su último aliento.

La concurrencia en casa del abuelo fue tan insólita que me tocó conocer a primos que jamás había visto en mi vida, es más, casi estoy seguro que no tenía idea de sus existencias. Como todos los días se volvió una rutina que después de la escuela partiera a la casa del abuelo Tomás, yo tomaba mis precauciones y cargaba con mi arsenal de juguetes que me defenderían del inevitable aburrimiento que me esperaba hasta el anochecer. Un tarde le pregunté a mamá por qué pasábamos el tiempo en esa casa si antes ella nunca había mostrado preocupación alguna. –Porque es nuestra obligación- me había respondido con tono molesto.

Mamá aparentemente demostraba ser la menos interesada en la herencia, sin embargo, en cuanto salía al tema se mantenía al tanto y opinaba de ser necesario. Creo que nadie quería al abuelo Tomás, siempre había sido un estorbo y mientras más viejo se ponía, su inexistencia aumentaba. A medida que la enfermedad iba en ascenso, también la tensión y las peleas entre mis tíos. Como el abuelo ya no podía decir palabra alguna, era imposible saber qué tantas partes de la herencia le concederían a cada uno. Mi tío Wilfrido creía pertinente buscar por todos lados el famoso testamento, revisarlo y de ser necesario exigirle al abuelo que lo modificara; la tía María proponía que la repartición fuera pareja y que si alguno tenía más porcentaje dentro de la herencia, cediera una parte justa al resto; mamá se limitaba a decir que “mientras ella recibiera algo” todo estaba bien.

En esos tiempos, mi perro Tomy también enfermó y parecía que agonizaba. Evidentemente mi madre no hacía caso y trataba de reconformarme diciendo que Tomy ya había vivido lo que tenía que vivir. No era que quisiera que se priorizara la salud de mi perro antes que la del abuelo, pero no entendía por qué al menos no podíamos llevarlo al veterinario.

Cuando en la última semana la condición del abuelo se agravó a un estado de ni siquiera moverse, mamá decidió que ya no iría a la escuela hasta que le diéramos el último adiós. Yo reclamé que era semana de exámenes y que era imposible faltar; ella dijo que ya existiría algún modo de arreglarlo y que por ahora dedicara mis oraciones al abuelo.

La casa se había convertido en un cuartel. Nadie se movía del lugar, como si se tratara de un concurso en el que aquél que resistiera el mayor tiempo sin moverse sería el ganador de la herencia. El abuelo Tomás murió en plena madrugada de un Jueves. Todos suspiraron como si se hubieran quitado un peso de encima y ahora comenzara la segunda parte del proceso. Lo demás fue protocolo social: el velorio, los rezos, el entierro y una cara de sufrimiento fingido que nunca les había conocido a ninguno de ellos.

El día que el notario iba a dar lectura de la herencia, mamá me vistió con el traje que solamente usaba para ocasiones especiales. Llegamos media hora más temprano de lo pactado y para nuestra sorpresa el tío Wilfrido y la tía María ya se encontraban postrados en sus asientos con una vestimenta elegante y sonrisa malévola. La llegada del notario se demoró y las manos nerviosas y sudorosas de todos se movían de un lado para otro. Cuando éste llegó, todos se apresuraron a ponerse de pie y se dispusieron a escuchar qué propiedad les iba corresponder.

El notario comenzó a dar lectura de la herencia y, cuanto más avanzaba, el semblante de todos se iba transformando radicalmente. La sonrisa avariciosa fue cambiando a gestos de fastidio; las manos nerviosas ahora eran tensas y rígidas. La heredera absoluta de las propiedades del abuelo Tomás eran para Juanita, la sirvienta y única amiga de toda su vida. Hay que decir que si mi abuelo era inexistente para mis tíos y mi madre, Juanita resultaba ser el 200% más invisible para ellos.

No terminaba de dar lectura el notario, cuando todos comenzaron a pelear y a echarse culpas mutuamente. El tío Wilfrido reclamaba a la tía María por no hacer caso a su consejo de robar el testamento, mientras que ésta increpaba a mamá por ser tan fría y no tener iniciativa. Yo miraba con miedo. Si no llegaron a los golpes fue porque en el lugar no se los permitieron.

Desde ese día nunca más hemos vuelto a ver y saber de mis tíos. Mamá dice que son personas no gratas y que si los ve ni los conoce. Por cierto, mi perro Tomy murió el mismo día que el abuelo; él solamente me heredó recuerdos y vivencias, aunque si hubiera tenido millones de pesos para mí, yo seguiría prefiriendo que estuviera vivo. El dinero y la muerte no se llevan bien. Odio a ambos.

martes, 24 de septiembre de 2013

“Después de la tempestad…”

Víctor Ruiz.



*Con todo el cariño, la fuerza y solidaridad para la gente afectada por los huracanes en Guerrero.




Aquí estamos para reírnos
Llorar ya no podemos
(Boikot- Y llorarás)

Yo lo vi todo. En 200 años de vida nunca había presenciado algo tan atroz. El ruido era incesante, como si fueran balas, una tras otra rebotaban en el suelo y sobre los tejados de las casas. Los relámpagos aumentaban el miedo. Niños miraban por las ventanas con sorpresa lo que ocurría afuera; las madres trataban de resguardar las pocas cosas valiosas que tenían y los padres intentaban montar barricadas que no duraban más de cinco minutos.

El agua poco a poco fue apoderándose de estas tierras, las nuestras. Yo lo vi todo y me sentía impotente. La comunidad entera quiso ayudar pero no era suficiente. La lluvia siguió por días y todo lo que yo había visto crecer por años, se desplomó en segundos. Todo era un río gigante y nada más.

Cuando las casas fueron desapareciendo, muchos trataron de protegerse debajo de mis ramas, pero no era suficiente. Yo también estaba perdiendo fuerza y a cada hora me quedaban menos hojas y tallos. Lógicamente el frío comenzó a provocar enfermedades y el hambre hacía llorar a los niños que reclamaban a sus madres por qué no tenían un bocado para ellos. Ellas sólo se limitaban a abrazarlos sin tener alguna respuesta.

Algunos hombres gritaban iracundos al cielo. Exigían primero, luego terminaban suplicando que no cayera una sola gota más y cuando la resignación los alcanzaba, simplemente se preguntaban ¿Por qué a nosotros?

Las noches eran todavía más tristes. La incertidumbre de saber si alguien vendría a ayudarnos desesperaba a la mayoría. Nunca, en 200 años, este pueblo ha sido tomado en cuenta. Muy poca gente sabe de su existencia y aquí solamente ha venido esporádicamente gente de corbata a saludar, para luego nunca más regresar. Pero esos días, les juro que de verdad necesitábamos aparecer en el radar de la humanidad.

Al ver que la lluvia no cesaba, las personas quisieron huir; sin embargo, nuestra desgracia tenía que ser completa: las carreteras estaban destrozadas, las pocas vías de comunicación se encontraban interrumpidas y el único puente que teníamos colapsó sin mucha resistencia. No había forma de escapar de este diluvio.

No hubo un solo segundo en que la calma pareciera llegar, sino todo lo contrario. Las cosas empeoraron cuando empezamos a perder gente. Nunca podré olvidar las lágrimas y gritos de desesperación de los familiares que veían morir a los suyos sin poder hacer absolutamente nada. En ese momento, me sentí un completo inútil. Me hubiese gustado mucho, aunque fuera por un momento, tener manos y pies para poder ayudar a levantar esas gigantescas piedras que tenían  bajo sus escombros a niños asfixiándose.

Pero no podíamos hacer nada más que esperar. Una espera eterna que se convirtió en una tortura. Si no se apresuraban, el pueblo entero terminaría por desaparecer y quién sabe si alguien, en algún lugar, los recordaría.   

La consolación y el apoyo mutuo era lo más digno y rescatable de ese momento. Si existían diferencias entre ellos, esos días las olvidaron para trabajar juntos. A mí me hubiera gustado seguir contando qué pasó después, pero el río pudo más que mis raíces y me llevó con él. Nunca sabré si la ayuda llegó, confío que sí. Daría lo que fuera por haberme quedado un rato más… sólo hasta que pasara la tormenta. 

martes, 17 de septiembre de 2013

“En mi país…”

Víctor Ruiz.


“La libertad se asocia así con la imaginación, negándose a aceptar la rutina cotidiana, el escaso margen de acción que nos impone el desorden establecido. La política deja de ser la ciencia de lo posible, deja de ser “realista”, para convertirse en el deseo de alcanzar lo imposible. La libertad comienza precisamente cuando nos negamos a aceptar que las cosas son como son y no pueden ser de otra manera, cuando nos negamos a ser “realistas” y luchamos por conseguir mucho más, siempre mucho más, cuando renunciamos a la seguridad de lo previsible y aceptamos el riesgo de lo imprevisible”. (Piotr Kropotkin)

En mi país, dicen, que existe la gente de primera, segunda, tercera y hasta cuarta. Yo no sé a cuál categoría pertenezco, ni tampoco tengo idea de qué método de evaluación se sigue para definir “tu clase”. Mi país es uno de pequeñas sociedades; tiene más divisiones que el número de estados en todo el mundo. Aquí la ley de la selva es la que predomina: pasa por encima de quien sea necesario y sobrevive.

En mi país la solidaridad es un invento. El éxito lo determina la cantidad de cosas materiales que posees. El egoísmo es la costumbre de todos y la comprensión por el ajeno es inconcebible. Por las calles nadie se atreve a mirarse a los ojos. En este lugar, el autismo individual es la enfermedad que cada día tiene más infectados.

La gente de este extraño lugar acepta tener amos como si fuera una normalidad de vida. Los patrones gritonean a los trabajadores; los curas bendicen al poder; las cárceles son necesarias; los policías se visten de héroes y los militares, como decía Eduardo Galeano, están en guerra contra sus compatriotas.

En mi país la democracia solamente es una palabra; la represión, en cambio, es la más cruel realidad de a diario. Los estudiantes son tomados como delincuentes y los profesores son correteados por las calles. Lo peor de todo esto, es el aplauso generalizado hacia el poder.

A los gobernantes les parece más importante reformar cuanto les apetezca, antes que erradicar el hambre. En mi país los niños no juegan porque tienen el estomago vacío. Muchos de ellos, ni siquiera van a las escuelas. Aquí, los niños no tienen voz, y por ello, es mejor dejar de serlo a muy temprana edad. La cultura prácticamente no existe, y la poca que hay, sirve de pretexto para mandar.

En mi país está prohibido protestar. Si sales a la calle, sufrirás la guillotina de los medios, ciudadanos, policías… y serás un simple “anarquista vándalo”. También es inmoral tener el pelo largo, rastas, tatuajes, vestir de negro o simplemente alejarte del pensamiento colectivo.

La muerte es un común denominador de las calles. La gente se mata por algún billete, por un desprecio o tan sólo por la ausencia de tolerancia. La televisión se impone en las familias y la desintegración es el camino más sencillo.

Tú opinión de nada sirve. Te educan para ir a la urna electoral cada seis años y votar al próximo dictador democratizado. Si te abstienes de hacerlo, eres un mal ciudadano, un mal ejemplo para tus hijos y un ser indigno para la sociedad. La ignorancia es la herramienta elemental que ejercen sobre ti. No te atrevas a pensar o serás objeto peligroso para los de arriba.

Si te llegas a enfermar, el sistema de salud difícilmente responderá por ti. Si tienes dinero, planifica tu larga vida; eres pobre, ve pensando qué le puedes heredar a tus hijos. Si no cuentas con un hogar propio, el Estado se asegurará de que nunca lo consigas, y cuando llegues a viejo, serás problema de las calles.

En mi país la gente tiene miedo. Miedo a la miseria, a no tener nada y perderlo. Nadie se atreve a defender sus derechos y les parece más sencillo entregar su mano de obra a infinidad de transnacionales. Reina el sometimiento y la esclavitud.

Las personas están cegadas por la venda que llevan en los ojos y les resulta complicado darse cuenta que son más héroes que cualquier personaje de comic norteamericano. Cada día sobreviven a las más complejas situaciones y siempre logran levantarse a la mañana siguiente.

En mi país no se pueden tener sueños. La gente con ilusiones aprende a deshacerse de ellas al corto plazo y aceptar que “la realidad es así”. En mi país, quien decide continuar con sus esperanzas, cualquier día será alcanzado por una bala.

lunes, 9 de septiembre de 2013

“Aprendiendo a luchar”

Víctor Ruiz.



Canción: “Aprendiendo a luchar”
Intérprete: Reincidentes.
Tiempo de canción y lectura: 3:35

En las calles de Belfast/ en la jungla de El Salvador/ en el África profunda/ y hasta en tu habitación.

-¿Cómo adjudicarme el derecho de reclamar y exigir si no tengo trabajo o tantos estudios que me den credibilidad como ciudadano?

-Pues es que no tienes trabajo y estudios por las mismas fallas del sistema, ¿no?

-Puede ser, pero el argumento letal es que resulta muy cómodo criticar desde mi sillón. ¿Ante eso, qué puede uno responder?

En todas las reservas/ o en el despacho de un cabrón/ en Córcega en Sri Lanka/ de Baiona hasta Nervión.

-La respuesta está en aprender a luchar.

-Si no tengo en que caerme muerto, ¿cómo pretendes que me convierta en un luchador social?

-Hablas como si fuera necesario ser un Che Guevara para accionar, tener una hora en cadena nacional o ser un congresista.

-No precisamente, pero tampoco tengo un movimiento social a mis espaldas.

Si quieres más/ no huele a victoria/ si quieres más/ pero da igual/ ¡Ni un paso atrás!/ no hay nada que perder/ aprendiendo a luchar.

-El que alguien sea líder de un movimiento, tenga una tribuna o escriba libros para decir lo que quiere, no lo hace precisamente un luchador. A veces es bueno lanzar una que otra piedra, es una señal de que la paciencia se acabó; pero esa piedra no tiene razón de ser si está vacía de compromiso.

-Explícate.

-Es sencillo. Alguien vocifera en alguna tribuna las más grandes cualidades de la humanidad y exige que la sociedad entera actué bajo esas virtudes. Digamos que pide igualdad entre todos, pero en su casa trata de diferente manera a los hombres que a las mujeres. ¿Acaso no está promoviendo el mayor acto de desigualdad entre géneros, el mismo que ha castigado a las mujeres por siglos?

-Entiendo. Se trata de una cuestión de congruencia entre lo que se dice y las acciones.

-De congruencia, moral y sobre todo de honestidad. La congruencia en los actos, la moral de saber con claridad que cosas no permitirías en tu vida ni en la de los demás y la honestidad de accionar por una convicción ideológica, por la indignación que vive en tus entrañas y no por un compromiso de hacerte notar como el mejor ser humano, cosa que al final no terminarías siendo.

Donde estudias/ donde curras/ o en una ocupación/ contra el reino del cipote/ del dinero y de la cruz/ por nuestra independencia/ contra la emigración/ para salvar Doñana/ contra Rota y Morón.

-Bien. Pero yo puedo ser honesto, congruente y tengo mi moralidad definida; sin embargo, todavía continúo sin hacer nada.

-Eso es lo más sencillo de pensar y señalar. Decía Durruti que la revolución empieza en los corazones; es ahí donde llevamos un mundo nuevo. Las batallas contra todo lo que te indigna no están en las montañas con un fusil. Piensa que tú tienes un mundo inmediato, el que afrontas y convives a diario. A ese mundo le tienes que ofrecer lo que eres. Todo eso se verá reflejado con tu familia, amigos, vecinos y hasta con la gente que se cruce en tu camino. Se trata de un compromiso de ideas. Ser fiel a lo que defiendes es ir caminando hacia un progreso.

-¿Y si a mí me indigna lo que pasa en Ruanda? Queda a millones de kilómetros de aquí; es imposible hacer algo por ellos.

-El hecho de que te indigne es un gran avance. Sin darte cuenta, estás combatiendo contra una de las herramientas más demoledoras del capitalismo salvaje: la pasividad  e indiferencia ante las atrocidades. Lo segundo es comunicar toda esa indignación, y para ello, existen múltiples opciones, entre ellas, la palabra es tu arma más poderosa. Es tan efectiva, que ahora me vengo a enterar que te molestan los millones de muertos en Ruanda. Ya somos dos indignados ante tal situación, ¿no es increíble el uso de la palabra?

Si quieres más/ quien no tiene nada/ si quieres más/ sólo mierda y sudor/ ¡Ni un paso atrás!/ nada tiene que perder/ aprendiendo a luchar.

-La verdad es que suena un poco repetitivo y falto de compromiso eso de decir “que peleo desde mi trinchera”.

-No es una trinchera. Es la posición en la que te encuentras y desde ahí vas ofreciendo al resto lo que crees y defiendes a través de las cualidades antes mencionadas.

-¿Y eso es suficiente para cambiar al mundo?

-Es verdad. No puedes cambiar el mundo, pero vas a cambiar el tuyo. Y la gente que te rodea irá comiendo a pedazos de ese mundo que eres tú. Te absorberán lo mejor de ti y sabrán que vale la pena mantenerse firmes por más que el otro mundo te diga que fracasaste. Eso es aprender a luchar.

Sólo puedes votar/ morralla es lo que hay/ queda todo que hacer/ también puedes flipar/ aprendiendo a luchar/ si quieres más/ ¡Ni un paso atrás!

martes, 27 de agosto de 2013

“Crimen en primer grado”

Víctor Ruiz.


El día que la ibas a matar te afeitaste y te vestiste para la ocasión. “Ya no aguanto más este asunto”, le habías dicho a tu mejor amigo días atrás. Una relación amorosa que te tenía confundido y absolutamente desgastado. La ibas a matar porque estabas jodidamente decidido a que era la única solución.

Lo habías planeado paso a paso, noche tras noche. Te metías en sus sueños y ahí perfeccionabas cada detalle: entrarás a su departamento y sabrás exactamente en qué parte de la casa estarás y la hora en que realizarás la ejecución. Tienes calculado los segundos que te tomará activar el plan, y quién sabe si por celos o por obsesión, pero será el crimen perfecto.

Tomas el teléfono y hablas con ella como si todo estuviera en orden. Le deseas suerte en su trabajo, la escuchas reír fríamente y tú respondes con un “sí” a todo lo que te dice. Estás en piloto automático y ella nada sospecha. Cuelgas y no será hasta al anochecer cuando te encuentre en su departamento sin que lo espere.

Hoy es el día y no quieres hablar con nadie. En el trabajo te ausentaste, no contestas las llamadas de los amigos y a tu vecino ni el buen día le diste. Estás concentrado y con el temple firme, digno de un asesino profesional. Compras cigarrillos, de los que le gustan a ella, y comienzas a imaginar cada escena.

Te aseguras de recordar cada fracaso como pareja, los malos ratos, las sonrisas que se fueron y todas esas lágrimas que han derramado. “Es lo mejor” te dices a ti mismo para no claudicar en los planes. La matarás y con ella el pasado que te atormenta…el que los ha hecho tan infelices. Ya no se besan, tampoco se acarician y a veces ni se miran. La única jodida solución, lo piensas una y otra vez.

Has intentado rescatarla, pero no has podido. Lees en tus apuntes aquello que decía Shakespeare: “El amor no se ve con los ojos, sino con el alma”. El problema es que la tuya hace tiempo que se nubló. De tu cartera, sacas las fotos, aquellas en las que sonríen hipócritamente. No especulas y las rompes con tanto odio, como si fueran tus peores enemigos. Anhelas el anochecer. No habrá cartas ni despedidas, sólo un final solitario.

Sales a la calle y todo te parece gris. No miras y tampoco sabes si existes para alguien. Te dedicas a comprar todo lo que necesitas. Tienes el tiempo justo para cada cosa, cualquier eventualidad lo arruinaría todo. Quieres, deseas estar justo en el aire que respira, llegar a su mente y saber qué carajos piensa en este mismo momento; pero no desesperas, todo a su tiempo y terminas tranquilizándote.

No todo son recuerdos malos; es por eso que te es tan necesario que actúes hoy mismo. Piensas en los poemas que juntos leyeron, las canciones que compusieron, los viajes y las noches sin dormir. Estaban tan enteramente unidos que no sabes en qué momento los caminos se desviaron y terminaron estrellándose.

Callas y dejas oír a tu mente. Pides un café para contemplar cómo el sol se va apagando; fumas y esperas a que se llegue la hora. Caminas tranquilo, aún hay tiempo y nunca te habías sentido tan seguro. Nada puede fallar. Recorriste con anticipación cada uno de tus sentimientos y decidiste cuáles tenías que matar.

Entras al departamento y lo encuentras como lo imaginaste: sus zapatos tirados en el lugar de siempre, la comida que está a punto de echarse a perder, las colillas de cigarro en la sala, la ventana abierta de par en par y la foto de ambos empolvada en la pared.

No te detienes a mirar más. Comienzas a limpiar y a acomodar las velas que compraste. Si la vas a matar… que sea con elegancia, lo piensas de nuevo como asesino profesional. Cierras las cortinas, apagas la luz y enciendes la música. No quieres testigos de lo que en 30 minutos exactos va a suceder.

Haz decorado todo el lugar y ya no sabes si tu mente ahora es la de un sicópata. Esperas de pie su llegada, quieres que el impacto sea directo y sorpresivo. Observas por la ventana cómo baja del autobús y la sigues con la mirada hasta que entra al edificio. Vas escuchando sus tacones subir uno a uno los escalones, 25 en total. Estás listo. Gira la llave en la chapa. Abre la puerta y al verte suelta su bolso producto de la sorpresa. No demoras más, te acercas y le dices lo que tanto tiempo planeaste: “Mi amor, matemos los malos tiempos y comencemos de nuevo… Yo te amo”.