martes, 30 de julio de 2013

“Domar a la bestia”

Víctor Ruiz.


Pero aquí abajo 
cada uno en su escondite
hay hombres y mujeres
que saben a qué asirse
aprovechando el sol 
y también los eclipses
apartando lo inútil 
y usando lo que sirve
con su fe veterana
el Sur también existe
(“El Sur también existe, Mario Benedetti)

El día que iba a partir, la gente de su comunidad lo llenó de bendiciones y rosarios. Ya tenía 18 años, la edad obligatoria para irse del pueblo a buscar un lugar donde hacerse de dinero.

Se había llegado el día y en realidad no tenía conciencia de que estaba a punto de convertirse en un migrante. Tenía miedo. Había escuchado muchas historias sobre gente que nunca logró llegar. “Tú tienes que domar a la bestia”, le aconsejaron mientras practicaba cómo subir al imponente tren que lleva a cientos de gentes a los Estados Unidos.

Hizo una sola maleta, ligera. Sabía que de tener más peso sobre su espalda, las consecuencias en la “bestia” podrían ser catastróficas. En dos horas iba a partir, justo antes de que el sol amenazara con salir. Contaba con el tiempo suficiente para abrazar por última vez a su familia. “No quiero nada de lágrimas”, lo había advertido desde días atrás.

Su madre le hizo prometer, que por lo menos, tres veces al año le escribiría para saber qué había sido de él. Él, prometió que mensualmente nunca faltaría su apoyo económico. Todavía no sabía en qué trabajaría, ni cuánto dinero obtendría; pero su mente estaba concentrada en llegar primero. “Lo difícil, será pasar la frontera” se repetía a cada minuto.

Antes de tomar su maleta y partir, decidió salir a caminar solo. Recorrió el pueblo y hacer paradas en los lugares que le traían más recuerdos. Estuvo largo rato en la orilla del río, donde aprendió a nadar. Fue al viejo ganado, donde cuidó en más de una ocasión a las ovejas. Por un momento se preguntó si de verdad era necesario irse de su comunidad. ¿No hay manera de vivir dignamente en este lugar?  Después recordó, que su pueblo, era prácticamente uno fantasma. En 20 años, más de la mitad de su población se había marchado para no volver jamás.

Quiso pensar en lo positivo de la situación, pero la verdad era que estaba triste. Le parecía injusto que tuviera que dejar todo; le era aún más deprimente saber que no tenía ninguna otra opción. Tenía 18 años y el destino ya estaba escrito.

Y hablar de emigrar, para él, sonaba tan mal. La historia le decía que la gente como él había construido naciones ajenas; trabajaban para el progreso de gente que no les agradecían ni mostraban interés en su mano de obra. Algunas veces, escuchó en las noticias cómo las cifras se elevaban anualmente de gente que salía de su lugar de origen o de los muchos que se quedaban en el intento; pero todo esto, no le quitaba las esperanzas e ilusiones que traía entre manos.

Regresó a su casa sólo para tomar su maleta, mientras a la par, su madre y hermanos lo abrazaban tan fuertemente que parecía que nunca lo dejarían ir. El nudo en la garganta lo retuvo. No quería mostrarse débil ni tampoco provocar el llanto de su familia.

El camino era largo, tanto que le dio tiempo de fumarse un par de cigarros. Cuando llegó, miró a decenas de hombres con maletas. No socializó con nadie, quizás por nerviosismo o por simple apatía. El frío calaba en todas las partes de su cuerpo. El temple rígido de todos los hombres, le hizo sentirse seguro.

La neblina no permitía observar nada. Sólo por ese momento parecía que tanto el norte como el sur eran iguales, nada más por unos minutos. A lo lejos, el ruido de las ruedas girando por las vías a toda velocidad iba aumentando; el claxon ya se sentía en los tímpanos. Al frente: “La bestia”. Todo lo que había practicado en el pueblo, se le fue al olvido junto con el viento que le arrebató la gorra. Dos segundos; era el tiempo con el que contaba. Más con instinto que con técnica, saltó hacia la bestia con todas sus fuerzas…

lunes, 22 de julio de 2013

“La escuela moderna”

Víctor Ruiz.



“De los exámenes no saca nada bueno y recibe, por el contrario, gérmenes de mucho malo el alumno. A más de las enfermedades físicas susodichas, sobre todo las del sistema nervioso y acaso de una muerte temprana, los elementos morales que inicia en la conciencia del niño ese acto inmoral calificado de examen son: la vanidad enloquecedora de los altamente premiados; la envidia roedora y la humillación, obstáculo de sanas iniciativas, en los que han claudicado; y en unos y en otros, y en todos, los albores de la mayoría de los sentimientos que forman los matices del egoísmo”. (Francisco Ferrer Guardia)

Dicen que olía a libertad. Los niños que entraban a esa escuela, nunca lo hacían formados, ni tampoco en desorden, hay que decirlo. Era una especie de anarquía: orden sin gobierno. Tampoco iban uniformados; la ropa era elección libre.

Por extraño que parezca, los niños jamás reprochaban que sus padres los llevaran a la escuela; en cambio, si llegaban a faltar, los llantos eran prolongados e incontrolables. “¡A mí me gusta ir a la escuela!”, reclamaban entre lágrimas y mocos. Siete días a la semana. Sí, el domingo también asistían los padres para participar en las actividades colectivas.

En esta escuela no se podía trabajar de otra forma que no fuera en conjunto. La individualidad y el egoísmo estaban erradicados. “Solidaridad”, era la palabra y acción clave. Los alumnos por medio de asambleas decidían qué querían aprender cada día; jamás se sentaban verticalmente, todo era un círculo, para poder así, mirarse a los ojos unos con otros. Al final de cada clase, hacían la limpieza del salón repartiéndose las labores. Y por supuesto, no existían las distinciones de clases, razas y sexo. El pobre con el rico; el negro con el blanco; el hombre y la mujer; el humano con el mundo.

La cuestión económica no resultó un problema para poder ser parte de la escuela. Si el niño era de bajos recursos económicos, se le apoyaba con una beca; al alumno que estaba mejor posicionado monetariamente, se le cobraba lo justo y nada más.

El profesorado caminaba en la misma sintonía, también eran libres. Trataban al alumno por igual y nunca lo etiquetaban con algún número. Nadie era un 5, 8 o 10. Los exámenes no existían y mucho menos los premios o castigos. Las lecciones que impartían eran positivistas; es decir, todo el conocimiento transmitido era a través de la ciencia. Solamente verdades conquistadas y nunca dogmas esclavizadores.

La naturaleza jugaba un papel importante dentro de la escuela. El acercamiento de los alumnos con ella, los hacía tener más tacto y sensibilidad ante el mundo que los rodeaba. Cuidar el planeta, era una forma de respetar a la humanidad entera. Las visitas a las fábricas y talleres, también venían incluidas como parte del programa educativo, éstas tenían la única intención de que el alumno conociera y valorara el trabajo del obrero.

Pero las actividades de la escuela no se limitaban en lo interno. Constantemente, se realizaban boletines donde se le informaba a la sociedad sobre los avances de los alumnos, y además, se explicaba qué era eso que llamaban “educación libertaria”. Estos comunicados, sirvieron en demasías ocasiones, para que la escuela fuera un buzón de quejas, donde padres de familia ajenos a la institución, hacían llegar sus reclamos explicando que sus hijos sufrían de maltratos físicos y psicológicos en otras escuelas.

La escuela moderna se convirtió en el ejemplo real de cómo educar libremente. Por ello, el personal que laboraba dentro de la institución (desde profesor hasta bibliotecario), tenía que entender de manera clara lo que era la libertad. Cursos continuos que se impartían ahí mismo sirvieron para afianzar los conceptos.

Fue tanto el impacto y la proyección que logró la escuela moderna, que los altos poderes comenzaron a temer y preocuparse. Es bien sabido que una sociedad informada y libre, daría como resultado la caída del opresor.

Es España en el año de 1906, el último en que funcionó la escuela moderna. La realeza y el clero consiguieron que se clausurara. Tres años más tarde, el fundador, Francisco Ferrer Guardia, fue condenado a muerte acusado de conspirar contra la iglesia. Era el fin de la escuela moderna.

Posteriormente, se dictaminó que nunca más se podría abrir una escuela que contuviera programas parecidos al de Ferrer Guardia. La escuela moderna estuvo activa de 1901 a 1906. Fueron cinco años, relativamente pocos. La pedagogía libertaria no alcanzo a toda una generación como hubiera querido cualquier pensador humanista.

¿Pero saben qué es lo mejor de esta historia? Que la libertad y la solidaridad, por un tiempo, fueron verdad. 

lunes, 8 de julio de 2013

“No todos los martes son primavera”

Víctor Ruiz.


No todos los martes son primavera. Se levantó como pudo y fue directo al baño. Sosteniéndose en el lavabo, se miró en el espejo y no, no se reconoció. ¿De dónde le había surgió esa desalineada barba? Preguntó a su rostro con pánico. Estuvo así unos minutos, pretendiendo que su imagen cambiara radicalmente, pero nada, barba fija y firme.

Caminó de nuevo a su cama. La cosa era grave. Tenía en la silla que se encontraba a un costado ropa para el día, pero no lograba identificarla. “Yo nunca he usado eso”, dijo para sí mismo. Analizó cada prenda con disgusto y al revisar toda la habitación, se dio cuenta que no tenía más opción que usarla.

Antes de tomar valor para salir de su habitación, pensó en lo que habría más allá de la puerta. Tenía miedo. ¿Estaré secuestrado? La pregunta le saltó por la mente, pero casi al instante desechó la idea. “Si fuera así, debería estar amordazado”, se contestó después de un breve razonamiento.

Con pasos lentos y calculados, fue avanzando hacia la puerta. Giró la perilla tratando de hacer el mínimo ruido, mientras al mismo tiempo cerraba los ojos con fuerza. Pasaron cinco segundos, diez, quince…no se animaba a ver la luz. Las manos sudorosas y la respiración agitada lo llenaron todavía más de pavor.

Repentinamente, como por medio de un impulso, los párpados abrieron veloz y gigantescamente. Al frente: escaleras y soledad. Ni un solo suspiro. Todo era silencio. Por supuesto nunca había estado en ese lugar. Desde el segundo piso, la casa lucía limpia y con una decoración que bien podía inspirar paz; pero en su caso, la incertidumbre atiborraba cada rincón de ese extraño hogar.

Por un momento pensó en regresar a la habitación, pero sus instintos le hablaron del acto heroico que había sido llegar hasta ahí; además, una sensación de explorar se le despertó en el cuerpo. Iba a bajar las escaleras sin importar consecuencia alguna.

Quiso hacerlo rápido pero al primer escalón sus piernas se desvanecieron como agua. Inmediatamente se revisó cada parte tratando de encontrar alguna herida. Nada. ¿Acaso solamente era un anciano sin fuerza?

Tuvo que bajar lentamente, sostenido del pasamano. Quién sabe cuánto tiempo pasó antes de que pisara el último escalón. La noción del tiempo no era su fuerte en ese momento. Miró hacia arriba y por un momento el orgullo provocado por su hazaña le invadió el cuerpo; el miedo había desaparecido sin que se lo propusiera.

No tuvo tiempo de pensar en qué parte debería comenzar a indagar. El hambre voraz lo llevó a buscar la cocina, misma que para su fortuna, se encontraba casi encimada a las escaleras. “¡Hola!”, gritó más por protocolo que por las ganas de saludar. Nadie contestó al llamado.

Devoró cuanta comida encontró al frente: pan, huevos, carne, jugo, leche… “Es como si lo hubieran preparado especialmente para mí”, pensó sin darle mucha importancia o precaución al asunto. “¿Cuántos días estuve sin comer?”, intentó responderse después de ver la última ración en su plato.

La comida lo hizo sentirse más seguro. Ahora se desplazaba con mayor habilidad y por alguna extraña razón comenzó a imaginar que esa casa, tarde o temprano, iba a ser suya. “Me gusta para vivir, sí, me agrada”, vociferaba al aire mientras miraba detalladamente a su alrededor. Sin embargo, la situación era atípica y no podía desplazar la idea de que era un invasor, un entrometido.

Sabía que antes de sacar conclusiones, era necesario inspeccionar clínicamente el lugar. Bajo esa premisa, recorrió cuanto pasillo y cuarto se le presentaba. La casa era grande y eso le era un indicador de que ahí vivía mucha gente. “No me incomodaría vivir con alguien más”, se atrevió a pensarlo como una idea atractiva.

El único espacio que faltaba por revisar, y que intencionalmente lo dejó para el final, era la sala. Con tranquilidad se dirigió hacia ella para dar por terminada su exploración. Tres sillones aparentemente cómodos y una televisión de tamaño mediano, fue lo que miró en el primer instante. Le pareció un sitio que se podía convertir en su favorito de la casa.

Pretendía regresar a la habitación, para ello, dio un último vistazo al lugar. Lo que vio en la pared le provocó una sorpresa espantosa. Su boca se abrió de forma natural y los labios temblorosos no le permitieron decir palabra alguna. Era un cuadro que tenía una foto de él. Se vio a sí mismo en la imagen, con la diferencia de que en ésta, sonreía y presumía una barba decente.

Quiso tranquilizarse, pero antes de lograrlo, la puerta de la entrada se abrió. Apareció dentro de la casa un hombre, quizás 30 años menor que él. “¡Papá!”, le dijo al mirarlo y darse cuenta de que su rostro era total confusión. “¿Papá?”, preguntó él. “Sí, soy tu hijo”, contestó con tristeza el joven.

El hijo lo abrazó fuertemente, sin dejar oportunidad a una reacción. “Es tu enfermedad, papá… tienes alzheimer”. Al escuchar esto, su cuerpo comenzó a temblar incontrolablemente. Estaba atónito y no sabía qué decir. Su hijo prefirió acariciarle cariñosamente el rostro antes de intentar explicar, después  se acercó a su oído y con ternura le dijo: “Tranquilo, papá…no todos los martes son primavera”.

lunes, 24 de junio de 2013

“José Luis”

Víctor Ruiz.



Me llamo José Luis y desde que tengo memoria he vivido en la calle. De pequeño  recuerdo haber pasado los días en caminos empedrados, lodosos y a veces lluviosos. Nunca nadie me quiso tocar, es más, creo que en todo este tiempo jamás alguien me ha mirado más de cinco segundos.

Mi madre murió al poco tiempo de haberme parido. Lo último que recuerdo de ella era su semblante triste y cansado, como si la muerte fuera lo mejor que le podía pasar. Supongo que muchos en mi lugar la odiarían por entregarme a una vida cruel, pero al final pienso que ella tenía la esperanza de que yo encontrara un futuro más prometedor.

Con el tiempo y los años, fui aprendiendo la vida dura…eso que llaman calle. Encontré a otros como yo, y aunque en un principio todo era pelea, hemos terminado recorriendo juntos gran parte de la ciudad. Calles, terrenos y grandes avenidas nos han hecho amigos. Ya sea por necesidad o sobrevivencia, la camaradería se ha convertido en una cosa inquebrantable. Por momentos tratamos de divertirnos y estar felices, pero no siempre lo conseguimos, casi nunca. Tenemos restringido el derecho a la alegría.

Antes de pensar que la situación podría mejorar, ya sea porque merecemos o simplemente por azar de la diosa fortuna, la muerte de otros, como yo, nos ha ido devolviendo la conciencia de nuestra realidad: vivir o morir; llegar al día siguiente o quedar en el camino.

No quiero decir que entiendo mi situación. No la comprendo, pero me he resignado a ella por obligación. He visto a otros tantos como nosotros, al menos físicamente; los he visto deambular, me han mirado a los ojos y nos hemos reconocido mutuamente. Podría jurar que básicamente somos iguales, pero cuando llegan ellos, los que se encargan de mirar y tratarlos diferente, todo se vuelve incomprensible para mí. Sé que mi vida no tiene cabida en las suyas, sé también que desde que llegué a este mundo estaba condenado al rechazo. Les juro que soy consciente, pero, ¿por qué es así?

El desprecio me ha hecho pensar que soy el sujeto más desagradable de la tierra. He buscado diferentes estrategias para no molestar a nadie, pero absolutamente nada funciona. Trato de caminar despacio, sin ruido, que no se note mi presencia; pero si alguien siente mi sombra me echa a patadas e insultos. “Debí hacer algo que lo hizo enfadar”, es lo que pienso cuando huyo a toda velocidad. Siempre soy el culpable.

Correr. Siempre correr. No sólo se trata de escapar de las patadas e insultos. A diario, hombres nos persiguen con rostro de furia. Nos odian. Día  a día, tenemos que ser creativos para escondernos y evitar que nos encuentren. Hemos sido testigos de los colegas que fueron capturados. Observamos la manera en que los golpearon y se los llevaron para no volver jamás.

Cualquier clima es difícil: si llueve, estornudamos todo el tiempo; si llega el verano, las gotas de agua escasean para nosotros. Tampoco voy a mentir, nuestro cuerpo se ha vuelto más resistente y a cada temporada siempre la terminamos por vencer. El hambre también es un obstáculo complicado en la vida diaria. Comemos las migajas que esporádicamente aparecen en las calles, y si no hay nada, simplemente borramos de nuestra mente la idea de que algo llegará a nuestros intestinos.

A esta altura de mi vida, he comprendido que nada me pertenece, ni mi propia vida. Todos y en todas partes han decidido por mí. Se han deshecho de mi presencia en el momento que así lo han querido, me humillan cuantas veces les apetece, se ríen de mí y hasta me llegan a arrojar piedras porque les parece divertido.

Esta es la triste vida de perro, al menos la mía. Me llamo José Luis y lo sé porque hasta el día de hoy, alguien se atrevió a mirarme y nombrarme de alguna manera. Creo que soy afortunado. Ahora,  antes de morir, podré presumirle al mundo que sé quién fui: José Luis.

lunes, 10 de junio de 2013

“Lucy”

Víctor Ruiz.




I
Cuando despertó, no pudo ver a los suyos por ningún lado. Su tribu desapareció sin explicación, como si una tormenta se los hubiera llevado sin dejar rastro. Lucy no entendía nada. Solamente sintió un dolor extraño en el pecho que le hizo derramar agua por los ojos. Ese día, Lucy lloró por primera vez.

Tenía 20 años, medía 1 m. aproximadamente  y estaba embarazada. Por instinto, más que por razonamiento, Lucy buscó por varias horas en los alrededores a sus compañeros. No encontró una sola pista, tampoco huellas en la tierra seca; Lucy se rindió bajo el pesado sol que llegaba directamente a su rostro.

Tuvieron que pasar más horas,-o días-, para que Lucy lograra entender que de verdad estaba sola. En el interior de su cuerpo, tenía a un ser que todavía se negaba a conocer la vida exterior; por lo demás, era Lucy y el mundo, y nada más.

El hambre y la sed obligaron a Lucy a ponerse de pie. La necesidad del alimento y agua le hicieron caminar encorvada por un tiempo incalculable. Caminó kilómetros, algunas veces con el sol en la espalda, otras con la lluvia de frente y en ocasiones con la neblina por todas partes.

Había estado así por un tiempo, llegando al último grado de la sobrevivencia: resistiendo todo los cambios climáticos posibles, escapando de animales salvajes y durmiendo en ásperas tierras. Cuando su cuerpo parecía que no reaccionaría más y se derrumbaría en cualquier parte a esperar la muerte, sus anchas orejas alcanzaron a detectar un sonido. Era un ruido incesante, como si se tratara de algo que corría y que no daba indicios de que fuera a parar. Lucy se apresuró desesperadamente tras el eco, y llegando al precipicio de una montaña, pudo ver a lo lejos que se trataba de un río. Observó entusiasmada como el agua se deslizaba a toda velocidad y respiró con tal profundidad que parecía que era la última exhalación de aire en la tierra.

Bajó y bebió el agua enérgicamente. Lo hizo durante un largo lapso hasta que consiguió saciar cada parte de su cuerpo. Lucy experimentó una sensación de satisfacción. Se sentía tranquila, y sin darse cuenta, había vencido a la vida; se enfrentó a ella y a su naturaleza logrando salir victoriosa.

II
Eran medio metro más altos que ella, tenían la columna un poco más recta y sus manos se movían con mayor habilidad. Lucy los miró perpleja, casi con miedo. Ellos, la habían rodeado en la orilla del río, la observaban con atención y a la vez con sorpresa, se podría decir que la miraban como si fuera una cosa extravagante.

Así se mantuvieron unos instantes mientras amagaban con atacarla. Lucy, que se sentía totalmente indefensa, se resignaba a bajar la cabeza en señal de sumisión. La tribu reconoció en Lucy, a un ser que era incapaz de agredirlos, no sólo por las limitaciones físicas, sino por el temor que provocaban en ella.

Con el tiempo, le permitieron acompañar a la tribu, mas nunca integrarse. Podía comer, beber y dormir junto a ellos, pero jamás la dejaban participar en alguna de sus actividades. Siempre era vista como la especie extraña e inferior. Si Lucy intentaba ayudar al resto de hembras, era desplazada; si pretendía cargar objetos, ni siquiera le permitían intentar.

El rechazo constante fue causando efecto en Lucy. Cada día lo dedicó a pasarlo a la orilla del río, que a pesar de que tenía prohibido introducirse en él, era su lugar favorito de la región. Cuando se llegaba la noche, solía subir a la montaña a observar el cielo hasta que el sueño la vencía.


III
Los machos habían partido en busca del alimento del día y no regresarían hasta el atardecer. Las hembras, que siempre eran las primeras en despestar, estaban al cuidado de los más pequeños y en ellos concentraban toda su atención. Lucy, como de costumbre, se encontraba en la orilla del río escuchando al agua correr. Era el único lugar donde podía experimentar tranquilidad y paz, además de que era un sitio donde el resto de la tribu no acostumbraba a visitar.

En aquel momento, justo cuando la corriente tomaba más fuerza, Lucy observó como uno de los integrantes más chicos de la tribu se acercaba lentamente al río. A lo lejos, intentó prevenirlo con alaridos  y movimientos para que se detuviera. El pequeño la ignoró y sin poder evitarlo cayó a las profundidades de las aguas.

Lucy desesperadamente corrió por todas partes. Se acercó a donde se encontraban el resto de las hembras e intentó llamar su atención, pero éstas hicieron como si ni siquiera existiera y continuaron con sus labores. Después del fracaso, Lucy regresó al río y se percató que el pequeño se ahogaba lentamente. Con el impulso que le provocó la situación, Lucy se introdujo en el río y lucho a contra corriente para tratar de alcanzarlo. Cuando logró llegar a él, lo tomó con sus cortos brazos, y sin saber de dónde le surgió la fuerza, consiguió arrojarlo a la superficie.

Lucy intentó regresar a la orilla del río, pero el cuerpo no le respondió más. Trató de avanzar una y otra vez, insistió, se aferró a la vida. La corriente se la llevó poco a poco, hasta que se perdió de vista. La tribu nunca se enteró del accidente y de ella no volvieron saber nunca más. Ese día, fue el último que Lucy pudo sentir las brisas de agua en su rostro.


IV
El 24 de Noviembre de 1974, el estadounidense Donald Johanson, encontró a las orillas de Etiopía un esqueleto conformado por 52 huesos. Se trataba de una hembra que tenía cerca de 3 millones de años de antigüedad. El grupo de investigadores que acompañaban a Johanson, decidió que tenían que llamar al fósil de alguna manera. La nombraron: “Lucy”.

martes, 4 de junio de 2013

“Mujer”

Víctor Ruiz.



Libre te quiero,
como arroyo que brinca
de peña en peña.
Pero no mía.

Grande te quiero,
como monte preñado
de primavera.
Pero no mía.

Pero no mía
ni de Dios ni de nadie
ni tuya siquiera.
("Libre te quiero", Agustín García Calvo)

Mírenme aquí: derrotada. Tirada en la superficie junto a mi orgullo. Al frente mis hijos están llorando. Me observan postrada en el suelo. No tengo cara para demostrarles lo que es la libertad, la dignidad y todos esos valores de los que siempre les hablo. Cuando tengan más conciencia, me preguntarán por qué mis palabras no tienen congruencia con mis acciones. Tendrán toda la razón, si hoy, no decido salir de este limbo.

Si me miro en el espejo no me reconozco. ¿Dónde está la piel delicada que tanto presumía? Ahora llevo golpes por todos lados; y sin embargo, el dolor interno resulta todavía más humillante.

Mírenme: sin esperanza. No sé a dónde carajo se fue el amor que nos prometimos años atrás. ¿Me amas?, siempre me pregunta a la mañana siguiente. “Te amo”, le he contestado como autómata por tanto tiempo. Y después, el silencio estremecedor. La tensión otra vez.

Obsérvenme ahora: sin sueños. ¿Dónde mierda se escondieron? Yo que prometía que los realizaría uno a uno sin que hubiera alguien o algo que me lo impidiera. Tengo que ser honesta y aceptar que los he ido perdiendo cada día en este infierno que es mi vida.

No tienen una idea de las veces que juré que a mí esto nunca me pasaría. “Las golpean por dejadas”, “hay que ser muy tonta para permitirlo”, “a mí me toca y no se la acaba”… siempre vociferando sin darme cuenta siquiera, que desde ese entonces, yo ya era víctima de este maldito sistema sexista.

He tenido que ver el suelo de cerca para entenderlo. Tuve que recibir el primer golpe para saber que nunca había sido libre. Aprendí a reconocer a las mujeres oprimidas, las he visto a los ojos y he sentido cómo llora su alma. No, no es necesario que exista un golpe de por medio. Vivimos oprimidas cuando nos cohíben el pensamiento, cuando pretenden decidir por nuestro cuerpo. Nos esclavizan en cada momento que nos aseguran que pertenecemos a alguien más.

Dicen que somos madres, hermanas, amas de casa, doctoras, novias, esposas…pero nadie menciona que antes que nada somos mujeres. Y siendo mujeres, tenemos el derecho de decidir qué queremos ser después.

Sé que habrá muchas como yo. Sé también que ocultarán la verdad de sus vidas ante la gente que las rodea; la pena es más accesible que gritar el dolor. Inclusive, podría asegurar que muchas de ellas se sentirán culpables de su situación.

Hemos perdido la cuenta de los años que nos han tratado con inferioridad. Escoltados en su fuerza física se han ido encargando de callar nuestras voces y sentimientos. Nada valemos si no abrimos las piernas dócilmente para ellos. Si queremos, dicen que no podemos; si deseamos, argumentan que no merecemos.

No había tenido el valor de terminar con esta historia. Me he comportado como una cobarde. Puerilmente imaginé que todo esto pasaría y que las cosas eventualmente mejorarían. Podrán señalarme y juzgarme cuantas veces quieran, pero a ustedes misóginos, algún día los condenará la justicia. 

Quiero que me miren a partir de este momento: estoy cansada. Ni un golpe más. No existirá un solo grito. Se acabó. Hoy me libero de estas malditas cadenas. Para cualquier mujer, en cualquier parte del mundo: tengan la certeza de que a partir de este segundo… libre me quiero.

martes, 28 de mayo de 2013

“¡Salud, camarada!”

Víctor Ruiz.


Debió de ser un día por la tarde cuando lo conocí, justo cuando el sol amenazaba con ocultarse. Él estaba ahí, pensativo y desolado, fuera de sí mismo. Cuando lo miré, me lanzó una ligera sonrisa, una que no me hablaba de confianza pero que  presagiaba la camaradería que estábamos a punto de procrear.

“Yo creía que para estos tiempos, la libertad ya iba ser toda una realidad”, me dijo a lo lejos tratando de iniciar una conversación. “Corren tiempos difíciles”, me limité a responder. Me miró con curiosidad y después de un largo silencio, me pidió que le explicara a qué me refería.

Le hablé de los problemas generales que tiene el país: recorrí uno por uno los conflictos sociales que nos abundan en la cotidianidad y prometí darle en un futuro estadísticas que le reflejaran lo que hablaba en ese momento. Me observó con sorpresa, como si no terminara de entender lo que decía. “Es la patria en la que nos toco vivir” exclamé.

-¿La patria?- me preguntó con una dosis de rabia.

-Sí, ¡La jodida patria!- respondí.

Me retiró la mirada a la vez que daba un largo suspiro. Sus ojos parecían centrarse en alguna parte del horizonte. Para ese instante, mi mente ya comenzaba a intentar descubrir cuál era la razón que lo había hecho molestar, como era evidente. Antes de que llegase a una conclusión, me volvió a dirigir la palabra.

-Y bien, ¿qué patria tiene el pobre? El que no cuenta más que con sus brazos para ganarse el sustento, sustento del que carece si al amo maldito no se le antoja explotarlo, ¿qué patria tiene? Porque la patria debe ser algo así como una buena madre que ampara por igual a todos sus hijos. ¿Qué amparo tienen los pobres en sus respectivas patrias? ¡Ninguno! El pobre es un esclavo en todos los países, es desgraciado en todas las patrias, es un mártir bajo todos los gobiernos. Las patrias no dan pan al hambriento, no consuelan al triste, no enjugan el sudor de la frente del trabajador rendido de fatiga, no se interponen entre el débil y el fuerte para que éste no abuse del primero; pero cuando los intereses del rico están en peligro, entonces se llama al pobre para que exponga su vida por la patria, por la patria de los ricos, por una patria que no es nuestra, sino de nuestros verdugos.

En todo momento asentí a lo que escuchaba. Aprobé cada una de sus palabras por la sencilla razón de que compartía su mirar.

-Es triste que en nombre de la patria se generen guerras, pero lo es más aún, que por la patria tengamos que enrolarnos para votar a un político- añadí tratando de complementar su idea.

-¿El pueblo sigue sin comprender lo dañino del poder?

-Inclusive han pretendido revueltas políticas. El país se divide en izquierda y derecha electoral. Pocos son los que entienden que la más grande y verdadera utopía es eso que nombran democracia.

-Ya no tienen razón de ser las revoluciones netamente políticas. Matarse por encumbrar a un hombre al poder es sencillamente estúpido. Una revolución que no garantice al pueblo el derecho de vivir, es una revuelta de políticos  a quienes debemos dar la espalda los desheredados. Necesitamos los pobres una revolución social y no política.

Traté de ejemplificarle como el Estado se había hecho más poderoso con el pasar de los años y que al lado más salvaje del capitalismo, le habían surgido brazos demoledores que solían llamarles sistema de mercado, neoliberalismo o globalización.

Cada intervención de mi parte provocaba en él una reacción atónita. Era como si su persona se hubiese perdido en el tiempo y sólo hasta ese momento hubiera tenido la oportunidad de regresar.

Sus dudas me saltaban una tras otra. Ninguna palabra mía le bastaba para comprender la involución de la humanidad. En su cabeza no cabía la idea de que las instituciones pasaran por encima de la sociedad; no entendía qué era eso de la televisión y del porqué de su poder; rechazaba tajantemente la represión policial y militar; y sobre todo, repugnaba el egoísmo que imperaba sobre la solidaridad.

-¿Usted es anarquista?- pregunté para confirmar lo que sospechaba desde un principio.

-Creo que es la única manera de conseguir un mundo de igualdad y libertad. Es la solución para comenzar a caminar hacia la vida.

-Debe de saber que el término de la anarquía está más que condenado en estos tiempos. Cuando hablan de anarquistas en cualquier lado, es hablar de terrorismo y del caos total. Lo sé, me imagino lo que estará pensando…caos el que  nos produce el capitalismo.

-El anarquismo tiende al establecimiento de un orden social basado en la fraternidad y el amor, al contrario de la presente forma de sociedad, fundada en la violencia, el odio y la rivalidad de una clase contra otra y entre los miembros de una misma clase. El anarquismo aspira a establecer la paz para siempre entre todas las razas de la tierra, por medio de la supresión de esta fuente de todo mal: el derecho de la propiedad privada. Si éste no es un ideal hermoso, ¿qué cosa es?

El resto de la tarde la pasamos intercambiando opiniones sobre los ideales anarquistas. Discutimos desde términos como la autogestión, el anarcosindicalismo hasta el amor libre. Al final coincidimos que nuestra misión era seguir manteniendo viva la teoría, labrar el sendero de la libertad para que la generación venidera pudiera gozar de su fruto. Ésa tenía que ser nuestra satisfacción: poseer la esperanza de que en el futuro la humanidad por fin se libraría de las cadenas que lo oprimen.

Mi amigo el anarquista tenía que marcharse. Prometió que nos volveríamos a encontrar en algún lapso de la historia y que la conversación se repetiría.

-Y a todo esto, ¿cuál es su nombre?- cuestioné antes de que se decidiera a partir.

-Me llamo Ricardo Flores Magón…pero llámame camarada.



“No es verdad que la sumisión revele alteza de sentimientos; por el contrario, la sumisión es la forma más grosera del egoísmo: es el miedo.” (Ricardo Flores Magón)